lunes, 9 de octubre de 2017

Autoreconocimiento en el balcón

Me despierto no sé a qué hora, en la que parece ser mi cama y no entiendo en dónde estoy. Creo que voy a ahogarme con mi propia saliva pero eso no pasa (nunca pasa). Me incorporo en la cama y miro al ventanal gigante que está pegado a mí, un poco más arriba, sin cortinas. Como esperando una respuesta. Hace poco estuve en Valparaíso y llegué a la conclusión de que las personas que viven cerca del puerto tienen mayor tendencia a la nostalgia y a la tristeza. Porque todas esas historias de exilio, idas y venidas, despedidas y extrañarse están siempre ahí, en el aire, en las cosas. Entonces uno mira al mar como mirando al otro lado, hablando con los que no están, pensando en su hogar, en lo que quedó lejos. No me pongo nada en los pies y salgo al balcón aunque hace frío. Sigo mirando como si el mar estuviera enfrente pero son todos edificios y luces. Qué se le pude preguntar al cemento. Nada. Ahora tengo el sentimiento de que no estoy en ninguna parte y que esto es como una especie de isla de Morel o de isla de Lost, donde están todos perdidos, en la isla y en sus vidas. Y yo soy una más que no es de ningún lado, que no quiere volver a casa ni quiere construir una nueva. Abajo se pelean los borrachos, se revolean botellas y pegan gritos. Suenan alarmas de autos. Los barrenderos revisan la basura y limpian las veredas y las calles. Yo los miro desde mi semipiso cinco estrellas, mi palacio gris concreto, creyendo que estoy cerca de conseguir todo lo que siempre quise. También fumo y aprovecho a regar las plantas. Para qué otra cosa son los balcones sino es para fumar y acumular plantas de todo tipo. Los veo pasar y creo que tienen frío, refrescó de golpe, injustamente porque la noche prometía. Se ríen, parecen felices. ¿Serán? Busco mi libreta para anotar esto, con forma de pensamiento trasnochado, desvelo... preguntarme una vez más si soy feliz acá.

viernes, 6 de octubre de 2017

Te amo, casa y comida

Una vez escuché en la radio que una universidad de un país que ahora no me acuerdo cuál era había hecho un estudio en el que registraban cuáles eran las palabras que más usaban dos enamorados en mensajes del celular. Durante el primer año de relación, la pareja usaba "te amo" más veces que ninguna otra expresión. 4399 veces. Supongamos. Después del tercer año, las dos palabras más usadas eran "casa" y "comida". Unas hipotéticas 8075 veces. No recuerdo los números pero debería, porque son importantes. No sé qué significa ese estudio pero los números del amor cambian igual que las palabras. A mi los números me dan pudor, los de mis deudas por ejemplo, las veces que tengo sexo o digo te amo, los años que tardé en recibirme, la cantidad de cenas que preparo durante la semana, el sueldo. Desde chica siempre pensé que los números eran transparentes (no faltará quien me diga que no es así) y no como las palabras que pueden ser ambiguas o directamente incomprensibles. 13.454,24 mi sueldo y 3 veces sexo en 6 días (buen promedio), 5 años 6 meses de novios, 8 meses en La Plata, 11 n°590 entre 43 y 44. 1 vino y 2 cervezas y 18 tapas de empanadas. 168 libros, 1 tesis, 1 vida, incontables problemas. 2250 de expensas adeudadas, 400 de arreglo de ascensor (el mes pasado me dijeron lo mismo). 100 años de la Revolución Rusa. Pero no se me ocurriría contar las palabras que digo, a menos que me pagara esa universidad denoséquépaís en dólares o en euros. ¿Qué tendría que pensar yo?, ¿que te amo es mejor que casa y comida?, ¿que te amo es una expresión mejor y casa y comida son decaimiento, languidez de la relación o del romance? Para nada. Prefiero casa y comida que te amo. No hay te amo posible sin casa y comida. Que me espere en casa con comida es te amo y no al revés. Aún si hiciera esa supuesta investigación durante el primer año no dije te amo ni me lo dijeron. Touché. En la plaza que había frente de mi ex-casa en Mar del Plata, había una travesti que cuidaba el baño y se llamaba Cristal. Vivía ahí y siempre creí que tenía una relación con un hombre indigente que dormía ahí, en la puerta de la biblioteca para ciegos que quedaba en el centro de la plaza. Ahora que lo pienso un poco, no tenían ni casa ni comida, ninguno. Eran muy pobres y creo que ni siquiera celular tenían. ¿Cómo harían el estudio con ellos, norteamericanos genios de la ciencia? ¿Eh? No ven que el amor no se mide en números ni en palabras. Que algunos no tienen ni te amo ni casa ni comida y no por eso les falta amor o no construyen relaciones sanas. Las investigaciones sobre el amor no sirven para nada. No todo es cuantificable ni investigable o ejemplificador de nada. No todo...

lunes, 2 de octubre de 2017

Antes de que termine el año:
Lecturas pendientes. César Pavese y Onetti (Piglia). Jorge Amado (viaje a su tierra, en breve). Selección de Marx (seminario). Narrativa actual (lo que sea, acepto sugerencias); nunca hay que perder actualidad en la literatura.
Una ponencia y un artículo todavía inconclusos.
Completar la huerta con más plantas.
Redacción del proyecto de doctorado, como un mensaje en el desierto o una botella en el mar. No se sabe para qué o para quién pero se mandan. Lo mismo con terminar la tesis.
Corregir algunos cuentos que sin pena ni gloria descansan en mi computadora esperando un final o un cierre (aunque sea en la papelera de reciclaje).
Sacar pasajes para febrero. Encauzar el trabajo hacia objetivos concretos fue bastante productivo este último tiempo. La peor etapa del año es esta, la última. Como tener ganas de hacer pis y estar cerca del inodoro. Algo así. La motivación de un viaje es el mejor energizante para hacer todo lo que tengo que hacer. Mi meta final y más importante: no tener deudas de ningún tipo.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Hostel

Los hostel dicen, la mayoría, ser no un hotel sino una familia. Estos días en Chile conocimos bastantes personajes que van circulando desde hace meses (años) de ciudad en ciudad. Al principio la vida del hostel era divertida: fiesta, música hasta tarde, ninguna explicación a nadie, el desayuno hecho y un alquiler baratísimo. Algunos hostel de verdad parecían una casa familiar, por su disposición o su decoración. Pero después de unos pocos días, me di cuenta de que todas las personas que ahí estaban tenían cosas en común y yo no podría ni aún obligada vivir así. Muchos eran voluntarios en el hostel; trabajaban a cambio de un lugar donde dormir. Uno había vendido el departamento que le había regalado su familia para viajar por el mundo durante dos años ininterrumpidos y sin trabajar. Otros eran franceses que hacían su "viaje por Latinoamérica" después de graduarse de la universidad. Adolescentes que intentaban encontrarse a sí mismos después de la escuela secundaria o de jugar durante horas a la play station encerrados. Algunos hacía cuatro años que viajaban sin rumbo, trabajando en hostels, comiendo fideos o arroz, usando ropa de feria americana. Tuve muchas ganas de volver a mi casa, de tener mis cosas. Admito mis limitaciones: sin rumbo para mí es solamente una novela aburrida que leí para la facultad.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Más de 400 kilómetros

Alguien una vez me dijo que tenés que alejarte más de 400 kilómetros de tu casa para experimentar crisis o revelaciones profundas sobre tu persona. Y tenía bastante razón. La semana pasada me fui a Chile y decidí que quería hacer muchas cosas, vivir en otros países, dejar de dar clases y ya no me acuerdo cuántas otras cosas más pensé. 
El puerto de Valparaíso es algo nostalgioso, me recuerda al pasado, a Mar del Plata, a historias que ya viví. De repente, caminando por los cerros, entre gaviotas, mirando el agua, vi mi vida como en una retrospectiva y llegué a la conclusión de que este año cumplí (casi) todas mis metas. Me superé personalmente.  Dejé de ser inútil y cómoda para mudarme de ciudad, trabajar como nunca y ahorrar. Perdí el miedo a las grandes ciudades. Me manejo casi sin ayuda en subtes, colectivos y calles porteñas. Sobreviví al maltrato de muchas personas (profesores, directivos, burócratas, familiares). Cocino cinco noches de siete. Abandoné el vicio de comprar ropa en exceso y que después no uso. Estoy a punto de terminar mi tesis y unos varios cuentos breves (aunque sin demasiada felicidad). Me sentí fuerte, afortunada. Completa. Con ganas de volver a seguir con mi super-nueva-vida-organizada. 
Pero ya en el avión empecé a experimentar unas nauseas extrañas. No tenía ganas de vomitar, no eran las típicas arcadas en la garganta o el mareo. Era un vómito de angustia. Entonces tuve vértigo y cerré la ventanilla de un golpe. A mi alrededor los pasajeros dormían, discutían entre sí, leían un diario o la folletería de los asientos. Para qué miramos tantas películas de accidentes de avión y muertos y antropofagia. Después uno se pregunta por qué tanto miedo, si por la falta de costumbre o por esas malas películas o novelas. Lo segundo, como la vida misma, que al final ya sabemos todos cómo va a terminar. Y mi fortaleza empezó a derrumbarse, más bien a desintegrarse en la altura, entre las nubes, la perdí. Andará por Chile, supongo, quiero creer, subiendo alguna escala o de carrete con algún pololo chileno. Ojalá, pobrecita. Qué lástima que no haya lugar para ambas en mi cuerpo.

martes, 11 de julio de 2017

Los diarios de Emilio Renzi

Me atravesó (el punctum) la lectura de los Diarios de Emilio Renzi. Hace algunos meses, desde que terminé de estudiar, el único modo de lectura que puedo sostener es el "adictivo". Leer sin parar hasta terminar el libro, como si tuviera un plazo o vencimiento. Seguramente sea un acto reflejo después de tantas lecturas a las apuradas, con tiempos establecidos, ritmos ajenos. Lo leí así: sin parar. En el colectivo, en la cama antes de ir a dormir, mientras comía, hasta llegué a darle tarea a mis estudiantes de secundaria para que se mantuvieran ocupados y yo pudiera leer (siempre con un ojo levantado). Incluso quise dejar pasar el furor posterior a su muerte para leerlo sin nostalgia pero también sin sentir que tenía la obligación de hacerlo, porque hacía bastante que no leía un texto suyo. El libro habla de lo importante, de la literatura; la ficción. Los amigos, el amor, la vida, el lenguaje. No puedo sacarme de la mente la imagen de la apuesta por todo (la escritura), que describe Piglia. Sin embargo, es una de las pocas oraciones que no subrayé (el libro está marcado en un 75%). Ser escritor (la literatura) como una apuesta, una apuesta en una única mano. Me asombra todavía cómo relata la confianza y convicción de ser escritor, no como una fatalidad o un destino sino como modo de vida (en el sentido rilkeano, creo). Y también está el lector, que despliega ideas agudas y geniales sobre los textos que va leyendo. Desde que empecé a leerlo sentí que rápido y sin esfuerzo iba a convertirse en un libro de consulta permanente, de frases que sin duda voy a citar y a repetir. "¿Como se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor. No es una vocación, a quien se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece mas bien a una manía, un habito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro)."Intentando no caer en la cursilería o banalización al pedo voy a decir que pensé en mi (el acto egoísta de todo lector) muchas veces, mientras leía. El viaje de Mar del Plata a La Plata, las calles que ahora recorro, el deseo inexplicable de vivir en Buenos Aires, estudiar y después la docencia. El diario como novela, la vida novelizada, sin buscar en cada entrada la veracidad o comprobación de los hechos narrados. El diario como ficción, en el mejor de sus sentidos. Y en Piglia están los otros: Borges, Walsh, Conti, Viñas, los norteamericanos, Rulfo, García Márquez, Cortázar, Sábato. Tengo que confesar que sentí cierto de alivio de coincidir con Renzi (un espectro, una voz) en algunos de sus juicios literarios (sobre todo en cuanto a Cortázar y a Sábato). Le da una forma perfecta y simple a ideas que creo que todos alguna vez pudimos tener; no es un iluminado, no pretende ninguna verdad. Y también están todas las historias: la del que triunfa pero no su amigo (Mozart y Salieri,¿Kafka y Max Brod?), la de los enredos amorosos, las mujeres atormentadas, la bohemia porteña, el vagabundo y errante que vive en bares y pensiones, la primera lectura, la muerte del Che, el problema del dinero (Arlt), la izquierda argentina de los sesenta y setenta, la "fama" repentina. Creo que no me olvidé de nada.
La cocina de la escritura. Una metáfora que siempre me pareció genial. Las ideas de los cuentos, ideas sueltas, anécdotas que son potencialmente cuentos, historias que escuchó, bosquejos. Garabatos. Y los cuentos, porque hay cuentos y fragmentos de cuentos sueltos, dispersos en el diario. Pienso los diarios como una ciudad a la que uno puede llegar por diversas rutas. No importa la distancia o el camino en sí mismo, podemos elegir cualquier punta (dinero, amor, literatura, diario,vida, trabajo, amistad) y entrar.

martes, 4 de abril de 2017

Souvenires

Hubo un tiempo en que empezaron a dejar de sacarse fotos, de hacer viajes, de salir, de hablar. La comunicación, las fotos, los viajes son salud en una pareja. De repente, ellos eran lindos juntos, iban bien el uno con el otro, pero eso sólo. Como dos muñequitos, dos souvenires. Souvenir significa recuerdo, objeto que sirve como recuerdo de una visita. Ellos combinaban. Era lindo mirarlos.  Pero ellos por dentro se morían de saber que no había más cariño. En su casa discutían por nimiedades, él deseaba estar solo, ella, huir a otro país. Nadie sabe porqué pasan esas cosas. Que el amor se termina. ¿No alcanza con ser lindos? Una linda pareja aunque sin afecto. La ilusión de volver a enamorarse los poseía, a veces, de empezar de nuevo, porque siempre volver a empezar esconde esa inocente posibilidad de que ahora sí, ahora va a salir todo bien; nadie va a dejar de hacer viajes, cosas divertidas, darse besos. Acá nadie va a convertirse en un souvenir.

domingo, 24 de abril de 2016

Últimamente no escribo porque estoy muy enamorada...
A mi no me funciona eso de escribir sin dolor.


Sepa disculpar.

miércoles, 17 de febrero de 2016

El despido

Hace varios meses que estamos esperando el telegrama de despido o el fin de nuestros contratos de trabajo. Con los días fuimos perdiendo las esperanzas (si es que son esperanzas) de seguir trabajando. En este tiempo, escuché de todo. Algunos me dijeron que estaba bien limpiar la basura del estado y otros que para mí, que soy "trabajadora e inteligente" "se cerraba una puerta pero se abrían mil ventanas". Palabras textuales. Bueno, en fin, no saber qué hacer con la vida de uno es una porquería. Cuando pienso en buscar otro trabajo, pienso que no voy a perder el actual y por el momento me conviene más que muchos otros. Y a la vez no tengo ganas de cambiar. Por fiaca, por negación, ignorancia o estupidez; por lo que sea. Pero claro, por qué hay que hacer algo con la vida? Siempre quise ser arrastrada, arrojada a los lugares y no tener que tomar decisiones imposibles como dejar un trabajo para tener otro. Escribo pero no puedo vivir de la escritura. ¿Alguien sabe por qué no podemos vivir de las cosas que no gustan? No, nadie lo sabe. Es probable que invierta toda mi vida tratando de responder esa pregunta. Escribo guiones pero no puedo dedicarme a eso y encima hacer dinero. Hoy me quedé dormida una hora en la cama y soñé que era cantante. No canto tan mal, podría ser mejor. Sin embargo, nada de lo que hago fuera de mi trabajo me da dinero. Soy de una generación a la que le dijeron que tenía que hacer lo que quería y le generara placer. Pero no sé porqué estoy siempre con tantas contradicciones.
Bueno, la situación es que en mi oficina están por reemplazar un jefe de otro planeta, por una mina de este planeta, donde los jefes son fachos y están obsesionados con el horario de llegada y de salida. Y acá estamos, mis compañeros y yo, llorando las migajas, peleando por un trabajo de cuarta. Es de cuarta porque vamos a ejecutar resoluciones de un gobierno al que no apoyamos, con el que no estamos de acuerdo. Es de cuarta porque con el paso de los años lo que se comprueba es que todos se burocratizan como máquinas. Podría seguir agregando pero dejo los demás detalles para la imaginación de quien lea.
Ahora pienso que ojalá haya ganado la beca de la universidad, ojalá los problemas se me resuelvan por magia y no tenga que poner nada de mí. Otras veces pido que no me echen y me den un tiempo más para ver qué hago. Siempre pido recibirme rápido y no puedo estudiar porque no tengo concentración...con tantas noticias y alertas. El grupo de whatsapp del trabajo se prende fuego a cada rato y aunque no quiera termino leyendo todo lo que escribieron.
Odio esperar y voy a tener que esperar. Estas cosas deberían estar prohibidas para la gente que padece ansiedad, digo, los contratos con fecha de vencimiento, estar esperando que renueven o que manden el despido.

domingo, 7 de febrero de 2016

Breve manifiesto contra los guardianes del saber

Escribí una reseña sobre un libro y la revista para la que me pidieron que la escriba me mandó correcciones del tipo: "Aclarar en qué sentido los invierte en el título: se trata de una inversión del binomio sarmiento civilización o barbarie tal como lo formuló en el título de su texto Facundo, que luego cristalizó en el sintagma en el cual civilización está siempre en primer lugar o, al menos, esa es la opción no marcada en términos lingüísticos". ¡Ostia! No entendí nada, me quedé en la parte de "aclarar", lo demás creo que está en otro idioma. Con algunos de mis amigos de la carrera siempre tenemos esa idea de que escribir para la academia no tiene porqué ser aburrido. Ojalá pudiera leer mi mamá o mis hermanas algunas de las cosas que publico. Ojalá nuestras reseñas sirvieran para que alguien más que no somos nosotros (estudiantes o graduados de Letras) compráramos un libro como el de Gabo. Bueno, otra cosa que ofendió bastante de mi reseña (por la cantidad de veces que está corregido el mismo "error") es que repito mucho el nombre del autor, Gabo. Está mal, todo está mal: acercarse, opinar, repetir, oraciones sin verbo, oraciones cortas, no usar conectores, no explicitar todo. A algunas correcciones no voy a atender porque se supone que uno no revela todo en una reseña. Se intenta provocar que los demás lean (ya ni siquiera que vayan a comprar el libro). Además no quiero estar pensando en las comas cuando escribo. Arlt decía que había que escribir sobre un pedazo de cartón, sobre cualquier superficie, apurado, con furia. No entendieron nada, loco. Qué están haciendo con la literatura. Nos vamos a convertir en los personajes idiotas de esas novelas de Arlt y de Boedo: los cagatintas, los obreros botones, los mediocres. 
Bueno, voy a hacer una lista de las cosas que detesto de la escritura académica a pesar de que las use:
-Las oraciones impersonales: "Se lee en el siguiente párrafo", "Se trata de", "Se podría pensar". Quién lee, quién trata, quién puede pensar. 
-Los conectores complejos como "Resulta necesario", "A priori", "En otro orden de cosas".
-Palabras que no usamos de ninguna manera en el discurso oral: "ACASO", "RESULTA".
-El uso indiscriminado de la palabra "texto". Texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto 
texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto texto (El word debería censurarnos, debería existir un contador y un límite para el uso de esta palabra). 
-Los malos lectores de Barthes, es decir, buenos lectores académicamente hablando, malos barthesianos. Ganan becas, escriben libros, artículos, ponencias, dictan cursos, seminarios, conferencias. Pero son sólo estudiosos de Barthes. Deberían leerlo menos e imitarlo más. Barthes estaría conmigo ahora, en este "texto". En primer lugar, me daría la razón porque soy estudiante. Barthes era amante de la juventud y nunca desdeñó (por el contrario, ponderó muchísimo) el lugar del estudiante. Creo que cuando nos dicen "ahí iría mejor un guión y no una coma", "reformulá esta oración" o "revisar la estructura de la oración", nos están negando un estilo. Que nos juzguen los lectores. Los lectores van al corazón de lo que se escribe, no a los conectores, los verbos, las oraciones unimembres, los planos semánticos. No digo que eso no sea necesario, pero es bastante más prescindible que no tener corazón. Yo creo que lo tengo. Me encantó el libro de Gabo, sí, Gabo, porque él mismo hace que nos podamos sentir cerca mientras leemos y no lejos, como el historiador allá arriba en su torre de marfil. Lo que los correctores interpretan como errores no son más que efectos de lectura. Las reseñas deberían ser opiniones de lectores, no artículos de divulgación científica.

Lo ameno no quita lo erudito. 

Dos recuerdos:
*No voy a olvidar que en primer año de la carrera escribí un trabajo sobre Umberto Eco, El nombre de la rosa. Para decir la verdad el libro no me había gustado. Lo abominaba. Me parecía aburrido, soberbio y ni siquiera creía entenderlo del todo. Estaba escrito en códice. Nunca más volví a leerlo. No dejé la carrera pero estuve enojada con la literatura por un tiempo. Yo amaba a Walsh, a sus policiales de tahúres, malandrines y borrachos. Lo había leído a los catorce años y había quedado fascinada. Claro, Eco hacía con el policial todo lo que Walsh no hacía. Ni Poe. Ni Conan Doyle. Para mi, leer libros en donde había asesinatos era como consumir una droga: un efecto fuerte en poco tiempo. Eco aburría, me dormía, aletargando todo lo que podía pasar con sus supersaberes de la cultura  clásica, religiosa, medieval. Pero escribí el trabajo. Hablé de los espejos. Sí, hablé de Borges y puse todas las cosas obvias y mediocres que ponemos en los trabajos. Me había gustado ese tema, algo me había atrapado. En ese momento escuchaba a Dolina a la noche porque allá en el campo donde vivía la televisión no tenía decodificador para ver todos cosas diferentes. Se miraba en todos los teles la misma cosa: la que mi padrastro eligiera. Entonces con mi hermana escuchábamos la radio. Un día, en plena escritura de mi trabajo, Dolina habló de los espejos. Con mi compañera con la que compartíamos el hacer de ese trabajo, pusimos una frase (algo que había dicho oralmente) de Alejandro Dolina como epígrafe. La frase era hermosa pero la olvidé. Era perfecta. Cuadraba, cerraba, generaba misterio. La olvidé porque creo que prioricé el recuerdo de la anotación que la profesora puso al lado: "La próxima vez usar autores académicos". El trabajo lo aprobamos pero yo estaba desilusionada. En un año de carrera me había animado tímidamente a desafiar las normas (que todavía no conocía) de la escritura académica. Y había sido retada como en la escuela. La profesora no nos dijo nada, sólo se escondió atrás de esas letras en verde con una flechita que marcaban la condena del pobre Dolina. No dejé de escucharlo y de pensar que esa frase era buenísima. Empecé el triste pero alentador camino de cuestionar las correcciones de los profesores. Al poco tiempo, otra profesora me puso un nueve en un parcial escrito pero al final en las observaciones decía que no estaba muy bien escrito y que citaba mucho a Marx. Esa profesora me enseñó una de las cosas más importantes de la carrera (como es algo bueno lo que me dejó voy a decir que era Ana Porrúa): el valor de las lecturas. Leer es un poquito más importante que escribir. Es decir, para escribir hay que leer. Mi texto no estaba bien escrito, era cierto; era muy prematuro, muy inocente y demasiado pretencioso. Apenas sabía cómo citar y abusaba del recurso. Pero seguramente algo de todo ese quilombo había atrapado a la profesora. Entendí que eso era mi lectura de "El corazón de las tinieblas".
**Uno de los requisitos de la carrera es cursar un nivel de idioma. Como desde chica estudié inglés y además hice la secundaria en un colegio bilingüe, lo elegí para cursarlo, pensando que sacaría la mejor nota. Hice varias tramoyas y conseguí no cursarlo a costa de rendir dos exámenes y un trabajo práctico. El segundo examen consistía en traducir al castellano un artículo sobre la Nueva Crítica en E.E.U.U. Como justo estaba estudiando eso para otra materia me explayé en exceso, también haciendo uso de mis conocimientos de inglés. La profesora no dudó en ponerme una mala nota (aunque la traducción estaba bien hecha) y una observación en letra roja, gigante: "EXCESO DE OPINIÓN". Quisiera tener una foto de esa prueba para subir porque muchas personas no me creyeron la anécdota por lo inverosímil, lo fantástico. Fue cierto, aprobé raspando la única materia que pensé que iba a hacer casi con los ojos cerrados. Pero aprendí que una de las lógicas de estudiar en la universidad no es saber ni conocer sino saber y conocer a la medida de que los profesores quieren que sepas y conozcas. Nos amoldamos a ellos; pocos nos dejan solos y nos escuchan. 
Ya corregí la reseña y no estoy tan enojada. A veces pienso que no todos perseguimos la misma idea de academia o de universidad. Siempre recuerdo a profesores que decían que Felipe Pigna no hacía historia o a filósofos que decían que Feinmann era 'malísimo haciendo filosofía'. Casi siempre es la misma operación: decir que eso NO es filosofía o NO es historia, como si no pudieran haber muchas filosofíaS y muchas historiaS. En general, a mis compañeros no les gustan Pigna ni Feinmann (menos si son peronistas o no tienen lecturas negativas del fenómeno). Les repulsa la idea de que todos puedan saber o conocer lo que para nosotros debe estar en un cofre cerrado porque ahí descansa nuestra especificidad, nuestro saber, en fin, nuestro trabajo. Por eso estudiamos Profesorado y Licenciatura, porque investigar y educar no son lo mismo, aunque deberían. Investigando se debería educar y educando, investigar. ¿Estoy siendo muy hippie? Tal vez. Pero prefiero ser hippie que policía. Para eso, acá van dos notas mentales para mí: 

1) No mandar más reseñas a revistas que me corrijan hasta los puntos y las comas o me digan cómo tengo que nombrar al autor, cuántas veces puedo repetir la misma palabra, etc. Sé que lo voy a tener que hacer, de todos modos.
2) Tener mucho cuidado si algún día tengo que corregir reseñas para comer. Tratar de respetar mis propias concepciones e ideas.

Dicen que los de humanidades somos aburridos, fuma-porro, delirantes, hippies, y los que lo dicen tienen razón. No nos entendemos ni nosotros (como yo que no entiendo las aclaraciones de la revista a mi reseña). No piensen que es una cuestión de ego porque ya corregí la reseña y pronto estará a su disposición. Pensé en subir la versión original para que cotejen, pero ahora me resulta bastante caprichoso. Esa etiqueta no nos saca lo valioso (la de hippies o la de raros) porque si estamos drogados quiere decir que lo que decimos es incoherente y si somos raros, es que nadie entiende. Y no es así. Estudiamos, leemos, pensamos, cuestionamos y educamos. Muchos nos criamos entre libros y no concebimos otra vida que la de estar rodeados de ellos. No por nerds, no por inteligentes, no por aburridos. Las pasiones no se explican. Rilke decía algo así como que si usted piensa que puede vivir sin escribir, entonces, no debe escribir más. Tenía razón. Escribir donde sea y como sea, agregó Arlt. También tenía razón. Y que los mala leche bufen.  

miércoles, 3 de febrero de 2016

Plantas

Hoy le di vueltas a esa idea de que las palabras no tienen relación con las cosas. Están por echarme de mi trabajo y algunos de mis compañeros hablan mal de otros, se pelean, discuten, creen que hablando las cosas pueden arreglarse. Hola, las cosas ya no tienen arreglo. Los que son planta permanente son los más tranquilos porque saben o creen que nada va a pasarles cuando revisen contratos. Curiosa palabra "planta". Yo a veces me siento una planta. Cuando no estudio, cuando duermo mucho o no hago nada relevante en un día (trámites, trabajo, estudio, etc.). Algunos compañeros de trabajo son "plantas" todo el año. Parece que van a darlo todo por ese trabajo, incluso botonear o dar información sobre los que para ellos sí son "plantas", los "ñoquis", los que no hacen nada. Creo que no haría nada por conservar mi trabajo. Sólo sentarme a esperar. Me da comer, es un trabajo, no soy rica, agradezco, pero si lo pienso dos veces... ¿podría pasar toda mi vida ahí? ¿Por qué es tan triste trabajar en una oficina? Ay...los días son tan iguales. Esto que digo es triste y es aburrido. Yo soy una empleada triste y aburrida. No deberían echarme, políticamente está muy mal, pero, en el fondo tengo un anhelo oculto de que lo hagan. Volverse una planta o no volverse. ¿Y si me voy? ¿Si viajo? ¿Si conozco algún otro lugar donde vivir? Mi sueldo es muy bueno y ser planta no está tan mal. Tener raíces en algún lugar, alguna seguridad, tal vez con el tiempo, hijos. No quiero ser más una planta. Recuerdo cuando se abrieron los concursos para "Planta permanente" y no me presenté aunque pensé en hacerlo. Muchos me preguntaron por qué no, si así iba a tener seguridad cuando llegara el momento del ajuste y los despidos. Hace poco le contesté a una profesora de la facultad que creí haber visto pasar mi vida y era triste y aburrida... Y no quise. No quise ser una planta permanente. Y las plantas permanentes ni siquiera se preguntan por el premio de ese concurso, linguisticamente hablando. Sólo algunos estudiantes de Letras se asombran...

lunes, 1 de febrero de 2016

Un año sin nosotros

Miré por segunda vez la serie "Un año sin nosotros y me volvió a parecer genial. Para los que estamos y apostamos siempre a relaciones largas puede ser muy interesante. Por esto y por otras cosas parece escrita en un idioma que pocos hablan. ¿Es tan así que las relaciones ya no duran? Barthes se preguntaba si durar era mejor que arder, en tiempos en los que claramente lo correcto era durar y arder era quemarse. Para los que vivimos en tiempos del amor posmo, libre, sin posesión, sin títulos, sin institución, la serie es buena en el sentido en que cuestiona no sólo los valores de la vieja sociedad (matrimonio, familia, etc.) sino los de la nueva filosofía new age del 'free love'. Para los que no queremos ser como nuestros padres pero tampoco nos animamos a desafiar del todo la fidelidad y la institución de la pareja, "Un año sin nosotros" se presenta como una buena opción. 10 años juntos, 12 meses separados. Hay reglas, como en el matrimonio, pero se trata de reglas acordadas por los dos, coyunturales, provisionales. El sentido de la norma es justamente que sea reemplazada y qué mejor que tener el control sobre ella. Eso se autoproponen Clara y Ricardo. Neuróticos, a mitad de camino entre la "open mind" y el conservadurismo, muestran una pareja de 10 años atípica. "Parejas como las de ustedes ya no existen", le dice la amiga Denchu a Clara. Imposible no pensar en "El pasado" de Alan Pauls. 12 años de pareja y un infierno para separarse. Clara y Ricardo la hacen más simple. Sufrir y estar cada uno por su lado, pensar bien antes de casarse o decidir no hacerlo, pactando un tiempo de inicio y fin. Es lógico poner a prueba las cosas, de vez en cuando. Ya no queremos una vida sin sobresaltos; sabemos que así es y va a ser hasta la muerte. Somos hijos de padres divorciados, hijos de segundos matrimonios, hermanastros o medios hermanos, víctimas de decisiones impulsivas y mal tomadas. Y se caen varios mitos de las parejas "largueras" (como me dicen a mí, "che, vos siempre relaciones largas, sos larguera, eh"). Bueno, no voy a ser objetiva en esto. Es mentira que afuera de tu relación hay esperando por vos un mar de hombres (en mi caso) hermosos, divertidos e inteligentes que cogen bárbaro. No te perdés de nada. En general, son una versión más o menos mejor o peor de tu novio. Todos cogen parecido, muchas veces depende de tu humor. Es mentira que después de muchos años la relación aburre. Uno debería recordar cuantas veces se aburrió de alguien con quien salía a los 15 o 20 minutos de una cena, conversación, salida. Las personas son aburridas, no las relaciones. Hay que saber elegir. También, y lo más importante, es mentira que si te "tomás un tiempo" con tu pareja, es una separación encubierta. A mi particularmente, me gustó la serie porque me cansé de los versos de amar tanto, amar a todos, amar sin límite y tener la mente abierta. ¿Volver a contarle toda mi vida a otra persona? ¿Volver a sentirme nerviosa de llevar alguien a mi casa y sentirme incómoda de todo lo que haga? Particularmente me pasa que cada vez estoy más convencida que la cantidad de personas que tolero conocer en mi vida es limitada. Es decir, no es infinita porque desgasta conocer personas, incorporar extraños, descubrir novedades. Por otro lado, mi primo dice que Resistiendo con aguante es un gran lugar para conseguir pareja porque la cuestión ideológica está saldada. Según él, si coincidís políticamente con tu pareja tenés el 50% de los problemas resueltos. Claro, ¿qué tanto necesitas para estar bien? ¿Cogerte a toda la ciudad? ¿Salir con mil personas, conocer mil vidas, para darte cuenta que todas son bastante parecidas?
 El cuerpo está sobrevalorado, el sexo está sobrevalorado, las supuestas maripositas en el estómago que sienten las princesitas de disney cuando las rescata el principe rubio y millonario están sobrevaloradas. Y esto lo digo yo, la que tiene relaciones largueras y aburridas, la que puede coger mucho tiempo con la misma persona, la que muchas veces tiene problemas para conocer gente nueva porque es tímida en exceso y demasiado cerrada para contarle todo a cualquier pelotudo que circule por la vida. Vamos, tengo dos amigas, nada más. Qué me haría pensar que puedo tener muchos amantes, muchos novios, muchos tipos. 25 años y solo tengo dos amigas. Igual pienso que el amor se regenera, que hay muchos y distintos amores, que separarse puede ser también un acto de amor (propio). Me encantó "Un año sin nosotros" porque representa este segmento del amor, los que tenemos contradicciones pero no dejamos de asumir que tan abiertos no somos, que nos encanta tener relaciones largas pero, fundamentalmente, hechas por nosotros mismos.

Acá, la serie completa: http://un3.tv/programas/un-ano-sin-nosotros/

martes, 17 de noviembre de 2015

Tengo la teoría

Bue, que la lluvia favorece a la depresión no es nada nuevo, aunque tengo la teoría. Que yo vivo deprimida tampoco. Pero llueve y estoy triste. Qué cliché. Me deprimen los clichés. Yo soy un cliché, ya lo dije, ¡qué cliché! Hoy conocí Miramar y me deprimí. Si viviera en Miramar y lloviera como hoy estaría peor. Tengo la teoría de que hay ciudades más depresivas que otras. Edificios de 45 departamento con persianas cerradas, calles de barro, portones de colores. Una de esas calles se llamaba "El Porvenir". El porvenir, qué concepto extraño. Tiene un matiz positivo inexplicable. A mi, el futuro me deprime. Pero porvenir y futuro no son sinónimos, o sí. Me entusiasmé con tener un amante que viviera en el campo, en el porvenir y me contará de qué se trata eso. Un amante inocente que se enamore de mi y todo fuese como una novela del siglo XIX en la que se oponen ciudad y campo, civilización y barbarie. Puede transcurrir durante la época de Rosas. Y él me cuenta del porvenir, del 2015 en adelante, de cómo yo cumplo todos mis sueños y no me quejo nunca más de nada.
Pero hoy me di cuenta que no voy a encontrar a ese amante ni a ninguno. ¿Cómo alguien puede quererme? Mi novio, por ejemplo, no me habla más. Tengo la teoría de que nadie puede quererme sinceramente porque yo no puedo trasmitir felicidad a nadie. Y todos buscan alguien que los haga sentir bien. Me odio por hablar como un libro de autoayuda. Podría escribir uno. Autoayuda para empleados públicos. Suena prometedor. Suena a éxito editorial. Voy a escribir un libro sobre el trabajo para no trabajar nunca más. Es mi mejor idea. Tengo teorías, de vez en cuando tengo ideas. Ideas que no cumplo y seguramente nunca cumpla. No puedo hacer feliz a nadie pero quiero que alguien, un amante del siglo XIX o del siglo XXI, de la época de Rosas o de Cristina, venga a hacerme feliz. Dejaría a mi novio y a mi perra, podríamos fugarnos lejos, escondernos y me regalaría flores y abrazaría todo el tiempo. Me abrazaría porque sino podría fugarme de él también. Es el porvenir o podría serlo. No, eso no es el futuro. Esos son pensamientos sin fundamentos, no son teorías, tampoco son sueños. No quiero nada, tengo la teoría.