sábado, 7 de febrero de 2015

Problemas de la vida moderna

Cosas que me hacen mal, necesito decirlo


1. Los taxistas que hablar por teléfono mientras me llevan.
Me pasó dos veces en un mismo día. Uno peleaba con la mujer en una avenida y el otro llevaba el celular atado al espejo retrovisor.
2. Los bares llenos de gente linda y perfumada. ¿Por qué tanta desesperación por gustar, por ser queridos? Deberían prohibir cierta cantidad de perfume sobre las personas.
3. Y la cerveza aguada.
4. Las personas que agregan la ese a todo. Vistes, comistes, salistes. No, nada.
5. El nuevo corte de pelo de mi perra.
6. Vivir al lado de una Iglesia y escuchar la misa.
7. Los recitales de verano. Sí, soy feliz, me gustan las cosas gratis, al aire libre. ¿Por qué tantas personas? ¿A todos les gusta la banda? Vamos, en serio.
8. Novios que hacen dos millones de cosas. Amigas que hacen dos millones de cosas. Y yo, que estoy leyendo "La cautiva" de Echeverría.
9. Las pinturas en vivo mientras toca una banda. Ni hablar del body painting. Ya que lo dije, los tatuajes de henna.
10. Todo lo anterior en Mar del Plata con 30 grados y picaduras de mosquito.
Sí, hay cosas más importantes. personas que se sacan miles de selfies, chicas que se anotan para ser la Reina del Mar, amigas que de la mañana a la noche no te hablan nunca más, libros con olor a humedad, el mueble que encargué hace dos días y van a tardar un mes en hacerlo. Haber cobrado y no tener más plata. Eso es terrible.



martes, 3 de febrero de 2015

Alberdi, Sarmiento y yo

Me voy del trabajo y me siento sola. Como incomprendida porque necesito ayuda y las personas están muy preocupadas con sus vidas adultas y yo me siento una molestia. Me voy. Me voy a mi casa porque tengo clases particulares de la carrera, de temas difíciles que nunca pude aprender. Me pregunto si la culpa fue mía o de los profesores. Como en el trabajo. ¿No aprendemos por falla de los demás? ¿De ambos? ¿Es responsabilidad de otros que nosotros sepamos algo? ¿Por qué nadie quiere enseñar lo que sabe? Creo que todos queremos sentirnos especiales y si todos sabemos lo mismo dejamos de ser imprescindibles. ¿Se aprende más si el camino es más difícil? ¿Nos hacemos mejores si nos frustramos y sentimos solos? ¿Por qué todo funciona con sacrificio? ¿No podemos ayudarnos y que sea más fácil? Es tan extraña la lógica del mundo, de las personas. Yo pienso que quiero ser diferente. Por favor, no ser como fulano, como mengana. Recordatorio, Agustina. No seas así. No te conviertas en eso. ¿Se puede? ¿Se puede estar mil años con la misma persona y seguir sonriendo, no convertirnos en un ogro? ¿Se puede ir al trabajo sin ser la chica estresada de los mil papeles que no tiene un segundo para hacer un chiste? ¿Se puede crecer y tener responsabilidades pero sin dejar de reír? Y eso que para mí la risa es una cosa más, como los besos, las caricias, las cosas lindas que a veces nos dicen. ¿En serio soy especial? ¿En serio no soy así? ¿Soy diferente porque no soy lo que son todos?
Mientras tanto Alberdi y Sarmiento se pelean. Me compre sus cartas y estoy leyendo sobre su polémica. Yo pienso y pienso y ellos se siguen peleando. Se pelean hace siglos. Yo empiezo una pelea con el mundo. No quiero ser lo que no quiero ser. Tiene que haber otra manera. ¿Dónde están las personas que nos demuestran que se puede? No voy a convertirme en algo que no quiero. ¿Es inevitable? ¿Hay cosas inevitables? Creo que no. Hacemos y deshacemos todo como queremos, somos los reyes del mundo. Después la culpa es de otro, del "destino". Alberdi y Sarmiento siguen con su polémica. Yo voy al almacén a comprar chauchas para una ensalada. En el camino pienso en ellos, en mí. Me faltan 500 palabras para cerrar una reseña que entrego estos días para una revista. Hoy fui al banco y las personas estaban enojadas, apuradas. No quiero eso. No quiero que "cansada" y "trabajo" sean mis palabras más nombradas. Basta. Hasta acá. Alberdi, Sarmiento, cualquiera, un ultimátum para mí, una carta de las suyas, dura, impactante, hiriente, que diga, "Agustina, no podés ser una persona enojada y cansada. Esperamos más de vos." Algo así.

domingo, 1 de febrero de 2015

Balance

En el 2014 me tatué, me corté el pelo tres veces y rendí cuatro finales. Pensé que iba a terminar de cursar y no pude. Me di con un caño por eso pero conseguí un trabajo en blanco y estable. Por el momento. Estoy pensando qué voy a hacer el 2015. Por lo pronto nos vamos un mes de viaje con Nicolás, el chico explorador. También quiero escribir más cuentos, estudiar. No son sueños, son proyectos. No me pregunten que quiero porque no lo sé, tampoco qué voy a hacer. Pero me gusta soñar, me gusta planear más que concretar. Por eso la vida tiene sentido. Si no pienso que voy a hacer algo, despertarse mañana lunes a las 8 de la mañana -o antes, debería despertarme antes- sería todavía más difícil. En el 2014 leí poesía en algunos eventos y festivales, gané una beca de investigación, pero también me sentí perdida y sola. Pinté mi casa. Ah, y tenemos una perrita viviendo en casa. Me acuerdo que Joaquín a su vuelta de Europa decía que (esperando cambios y noticias) nadie había hecho demasiado ni transformado nada. Me entristecí demasiado porque yo siempre tengo la ilusión de que hago cosas y cambio pero en el fondo entendía que era cierto. Y vos, qué haces para que todos los días no sean iguales, la misma cosa aburrida y terrible que después nos pega un domingo como hoy, nos hace preguntarnos por todo, dudar hasta de la vida misma. Dale, qué haces. Yo, qué hago. Eso, qué hago.

sábado, 31 de enero de 2015

"Nunca confíes en un conductor de buses desnudo". La vida y todo lo demás. Woody Allen.

viernes, 30 de enero de 2015

Ulrica

Ayer me escribió la mamá de una amiga diciendo que había mirado un video en la televisión, en una sala de espera, y la nena protagonista del video era igualíta a mí. Sigo pensando que hay demasiadas personas en el mundo que se parecen a mí y en lo poco original y auténtico que eso es. Pero me acuerdo de mí hace varios años, no fue hace tanto, con todos los cortes de pelo que tuve, mis papás separados, la prótesis dental, los premios, las cosas que hice. Era una nena linda, buena. A veces bastante extrema, pasaba del bien al mal en un minuto. Eso sí: nunca dejaba de contar historias o de opinar sobre cualquier cosa. Acá un homenaje a mi niñez. No me importa que pueda ser aburrido o sean de esas cosas que sólo a uno le gustan. Me pregunto si habrá sido el mejor momento de toda mi vida y ya pasó. Podía estar horas jugando, imaginando cosas, hablando sola. "Yo querría que este momento durara para siempre", le dice el protagonista a Ulrica, una joven extraña, de la que no sabemos mucho, sólo que la creó Borges. Ella le contesta, descreída pero contundente que "Siempre" es una palabra que no está permitida a los hombres. A los hombres de verdad, supongo. A las personas fuertes. Siempre es mejor pensar que lo bueno todavía no llegó, que la felicidad está después, porque sino lo que resta es una vida miserable o nostálgica.

jueves, 29 de enero de 2015

El bien

A despecho de las dificultades de mi historia, a pesar de las desazones, de las dudas, de las desesperaciones, a pesar de las ganas de salir de ella, no ceso de afirmar en mí mismo el amor como un valor. Todos los argumentos que los sistemas más diversos emplean para desmitificar, limitar, desdibujar, en suma despreciar el amor, yo los escucho, pero me obstino: “Lo sé perfectamente, pero a pesar de todo…”. Remito las devaluaciones del amor a una suerte de moral oscurantista, a un realismo-farsa, contra los cuales levanto lo real del valor: opongo a todo “lo que no va” en el amor, la afirmación de lo que en él vale. Esta testarudez es la protesta de amor: bajo el coro de las “buenas razones” para amar de otro modo, para amar mejor, para amar sin estar enamorado, etc., se hace oír una voz terca que dura un poco más de tiempo: la voz de lo intratable amoroso. El mundo somete toda empresa a una alternativa: la del éxito o el fracaso, la de la victoria o la derrota. Protesto desde otra lógica: soy a la vez y contradictoriamente feliz e infeliz: “triunfar” o “fracasar” no tienen para mí más que sentidos contingentes, pasajeros (lo que no impide que mis penas y mis deseos sean violentos); lo que me anima, sorda y obstinadamente, no es táctico: acepto y afirmo, desde fuera de lo verdadero y de lo falso, desde fuera de lo exitoso y de lo fracasado; estoy exento de toda finalidad, vivo de acuerdo con el azar (lo prueba que las figuras de mi discurso me vienen como golpes de dados). 
Enfrentado a la aventura (lo que me ocurre), no salgo de ella ni vencedor ni vacilo: soy trágico. (Se me dice: ese tipo de amor no es viable.  Pero ¿cómo evaluar la viabilidad? ¿Por qué lo que es viable es un Bien? ¿Por qué durar es mejor que arder?)


Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes.

lunes, 26 de enero de 2015

The groundhog day

(En el Ministerio de Trabajo, sin trabajar)


Mi vida entera es una gran ironía. Sí. En el Ministerio de Trabajo pero sin trabajar. Así como es. Y no es por mala voluntad, porque no haya cosas para hacer. Es por la demora de una información, una presentación, un correo electrónico. En el fondo, no se sabe. Nunca se va a saber porqué demoran las cosas. Es un día así como nada, con poco para recordar, para hacer, para sentir. No tiene nada de malo que así sea. A mi me gustan los días medio nada, yo soy medio nada, la nada no tiene nada de malo. ¿O no? ¿Por qué hay que ser productivo? ¿Por qué hay que vivir los días como si siempre fuese el último? ¿Quién dijo eso? No entiendo para qué vivir al máximo. Ni el mundo ni yo merecemos tanto. Pero por otro lado, ¡ay!, la vida que no vivo, los viajes que no hago, los affaires que no tengo, el talento inexplorado, ahí, aguardando salir. Estoy acá, en una oficina, frente a una máquina, leyendo un libro sobre la generación del 37. Una generación con proyectos, con ideas, con espíritu de cambio. Yo acá, tan nada y tan feliz. Pero qué linda vida que no estoy viviendo, llena de voluntad. Una amiga me dice que tiene necesidades, ganas de hacer cosas pero no puede porque antes prefiere estudiar y recibirse pero, a la noche, cuando hace calor y todos salen a bailar sin culpa, ahhhhh, qué tristeza ser nosotras. Por qué estudiar. Por qué. Por qué no me tomé un año sabático cuando todavía no era absurdo hacerlo. Y yo tan yo, acá, averiguando para retomar francés, yendo a canto a las cuatro de la tarde cuando se prende fuego la ciudad en la que todo el país quiere estar para ir a la playa, al mar, yo canto, mas o menos, mas o menos mal, con corazón, a veces sin ganas. No me voy porque no vuelvo. No dejo la carrera que empecé a estudiar hace casi seis años porque sé que apenas conozca otra vida un poco diferente no volvería nunca más a vivir ésta. ¿En verdad es la literatura lo que amo? ¿Cuántas personas en el mundo se están haciendo esta pregunta? ¿Cuántas personas escriben sobre sí mismas?
Sigo esperando que me presenten en mi nuevas funciones en el trabajo para poder organizar mi cabeza que está como en un limbo, yendo de un lugar a otro, inventando cosas para hacer por culpa de estar sin hacer nada, cosa que -parece- puedo hacer sin que nadie se moleste. No quiero ser independiente, no quiero trabajar por mi cuenta ni organizar mis propias tareas. Quiero que me manden y ordenen otros. Así es mejor el mundo. Al menos el mío. Si fuera por mí me iría a caminar, seguiría leyendo sobre Esteban Echeverría y Juan María Gutiérrez. Una generación con ideales, pasiones, aptitudes. Los que forjaron el destino nacional. Ellos hicieron lo que somos. ¿Por qué no puedo yo ser así? Crear una identidad nacional, un canon, una cátedra de literatura como Rojas o suicidarme como Lugones. Todos tan importantes y yo sin trabajar. Vamos. Yo puedo. Vamos. Voy a hacer algo, aunque sea lo último que haga, Voy a imaginarme otra vida, una vida que yo quiera. Vamos. Voy a seguir esperándola, agregándole cosas en mi mente para que cada vez sea mejor, ahorrando para ella, sacrificándome, y que cuando llegue yo no tenga que estudiar ni quejarme.   

martes, 20 de enero de 2015

Los nadies


Al parecer estos días resulta importante "ser o no ser" alguien. Yo no quiero ser nadie. Yo no soy nadie. No me desespera, no me incomoda. No soy nadie y no considero imperioso serlo. Si pudiera elegir sería yo, aunque no estoy segura de qué signifique ser uno mismo. Sería mujer, sería hija de mis padres, sería argentina. Viviría en la calle Dorrego. Pero no, no quiero ser nada. ¿Por qué de manera tan sencilla, tan rápida, hay personas que deciden qué ser, qué no? ¿Qué esconde, en verdad, el "yo soy"? ¿Cuándo el "yo soy" se convirtió en "todos somos"? Yo no quiero ser nadie, a mi no me incluyan. Cuando escriban el titular de mañana, digan, todos menos ella. Yo no quiero ser nadie. No necesito ser alguien para vivir. Por eso no necesito ascender en el trabajo, no necesito que me reconozcan nada, no me gusta que me elogien o saluden. Por eso mismo no me importa renunciar a lo poquísimo que tengo, o directamente nunca conseguir nada. No necesito ponerme en la identidad de nadie porque sencillamente no aspiro a ser. No necesito vestirme con la ropa de nadie. No soy porque no quiero, porque no hay que "ser" para tomar posición. Formo parte de esa infinita masa llamada los nadies.Pero los nadies también decimos, nos enojamos, somos críticos y pensantes. Los nadies justamente son los que no se decidieron ni quieren hacerlo, seguramente nunca. Después nadie nos acusa a los nadies de haber cambiado de ser, de habernos vendido a la identidad de otro. En el fondo todos somos nadies pero algunos creen que pueden dejar de serlo. El jefe nos obliga a ser cosas que no queremos y algunos nadies por el sólo hecho de ser algo o provocar el amor del jefe que nunca va a querernos -porque él si es alguien y a los nadies, nadie los quiere- se convierten en cualquier cosa, lo primero que se presenta. Un francés humorista o un fiscal millonario. Qué importa. Lo que importa es ser. Lo que importa es no ser nadie.
A veces los nadies encuentran otros nadies que tampoco quieren ser algo. Alguien los escucha y les presta atención. Y por lo menos de esa manera los nadies no se sienten tan solos, porque nadie los quiere y cuando otro nadie lo hace es de verdad, sin pretensiones. Pero los nadies no se vuelven famosos ni importantes. Con suerte alguna vez alguien los recuerda. Pero al segundo confirman que lo mejor del mundo es volver a ser nadie, insignificante y fuerte al mismo tiempo, porque para mirar los acontecimientos (de los que muchas veces ni los "alguien" más importantes forman parte) y hablar no hace falta asumir una identidad que después, muchas veces, cuesta abandonar.  

jueves, 11 de diciembre de 2014

Cena del trabajo

Mañana es la cena del trabajo. Pero yo al día siguiente a las nueve de la mañana rindo un examen de inglés. No es difícil ni tampoco define tanto en mi vida pero no por eso es menos importante. Quiero ir a la cena pero si voy voy a tener culpa o voy a tener que irme temprano. Éstas cosas sólo me pasan a mí. Qué suerte de mierda que tengo. Seguramente haya en el mundo una extraña fuerza en mi contra que no me deja disfrutar o vivir cualquier tipo de cosa que no implique estudiar, leer, pensar. ¿Dije pensar? Bueno, no era para tanto. Pensar, pensar, hace mucho que no pienso. Creo.

Mi vida es así: un poco de obligaciones, un poco de culpa. Todo el tiempo. Cumplir o culparme. Si hago no hago suficiente, si no hago soy un parásito, Para mis compañeros de trabajo debo ser insoportable, siempre poniendo la misma excusa para todo "tengo que estudiar", "tengo que ir a la facultad". Hasta yo me aburro. Me harto de mí misma, ahora mismo estoy agotada. Lo absurdo de mis problemas hace que los demás se aburran. A veces piensan que miento, que es imposible decir siempre lo mismo, en el fondo pensaran que no tengo ganas de hacer nada o que me caen mal. Yo pensaría eso. Pero yo soy una paranoica que lo único que tiene son inseguridades, ni personalidad ni inteligencia ni nada de todo lo que siempre defiendo tener. Insegura. Mis amigas viajan, duermen hasta tarde, mi mamá me dice "Es un esfuerzo que dará sus frutos", mi papá "tenes que irte afuera". Me voy a ir a afuera a tratarme esta enfermedad de mi misma y aprender a decir que no, a no tomar más obligaciones para justificar mi existencia. ¿Seré adicta? Adicta a pensar en cualquier cosa que me haga mal. A hostigarme con mis pensamientos. Soy como un jefe que el viernes a última hora cuando el empleado se está yendo a descansar le da trabajo y más trabajo para que se quede más tiempo o se lo lleve a su casa y se estrese ahí mirando todo lo que tiene para hacer. Soy mi propio jefe. Un jefe de mierda. Que encima no entiende ni cómo serlo. Si tuviera autoestima verdadera dejaría de lastimarme, saldría a hacer ejercicio, rendiría todos los examen que me restan para ser feliz. ¿Cómo hago para entender que si sigo así voy a seguir siempre así? 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Kafka

Bueno, voy camino al trabajo, a mi trabajo aburrido y mediocre. Joaquín dice que si me quedo trabajando ahí voy a ser mediocre. Parece que yo nací para cosas grandes. No sé, nací, acá estoy. Si dejo las Letras va a dejar de ser mi amigo. Mi papá dice algo parecido. Ayer hablando me dijo "no adquieras cosas que no se puedan mover". Que me vaya, que viaje, que viva "afuera". Éxito, afuera, títulos. Literatura. Qué se yo. Acá estoy, por ahora. Acá. Adentro, adentro mío, en mi casa, sin ser grande, sin ser NADIE. 
Joaquín dice que soy como Kafka. ¿Lo dirá por el tono lacónico con el que hablo y escrito? ¿O por trabajar en una oficina pública y escribir al mismo tiempo?. Si pudiera escribir aunque sea un tercio de bien como escribía Kafka. O Max Brod, su amigo, que parece que descubrió sus textos y algunos dicen que alteró, quizás por afán de ser escritor o participe, de alguna manera, la que sea, secreta. Recuerdo leer las "cartas a mi padre" de Kafka y buscar en mi padrastro alguna caracterísitca al menos parecida a ese hombre gigante y malo que fue el padre de Kafka y sólo encontrar en él un hombre bueno, grande, dedicado a criar cuatro nenas, de las cuales tres no eran hijas suyas. Pero yo tenía alguna esperanza intima de parecerme en algo a Kafka. Quién sabe, quizás algún día me convierta en un bicho feo o tenga un castillo.Quién sabe. También recuerdo leer sus libros a medias, en internet o en papel pero siempre a medias porque todavía no podía captar su significado o tener cierta fluidez en la lectura, por la densidad de sus palabras. Pero decía que lo leía, lo citaba sin leerlo, llevaba sus libros para todos lados. Quizás en alguno de esos episodios me di cuenta que quería ser como Kafka, y dedicarme a la literatura. Pero en verdad no lo sé, no sé en absoluto por qué decidí estudiar Letras. Una vez cité en mi fotolog un fragmento de Kafka sin poner al final su nombre, intentando que quien lo leyera creyera que eran mías esas palabras. Un chico descubrió que era de Kafka ese fragmento y no mío. Me decepcioné porque no pude engañarlo y hacerle creer que era una escritora intensa y perfecta como Kafka. Quizás él se decepcionó también por lo mismo. Pero me alegré de haber encontrado a alguien que sabía que Kafka existía y que además conocía sus cuentos menos famosos. Nos pusimos de novios cinco años hasta que lo engañé pero ya no con frases de Kafka y nos separamos. Esto fue hace mucho pero lo recuerdo con mucha claridad, estar esperando su resolución final sobre esas frases perfectas que siempre quise que fueran mías. Engañar seguramente tenga que ver con algo parecido, hacerle creer al otro que uno es algo que en verdad no es. Nos separamos hace más de tres años. Pero recuerdo ese día, cuando todavía no eramos novios, ni siquiera amigos, y me emocioné de pensar que alguien también quería a Kafka como yo y a mí. Ahora queremos cosas diferentes pero cada vez que pienso en Kafka recuerdo ese día como un regalo hermoso que nadie me puede quitar. 

viernes, 21 de noviembre de 2014

Cuando estoy triste escribo, más triste más escribo. Qué cliché. Que las ideas sólo nacen cuando estamos mal, tocando fondo, depresivos. Tan cliché que si llueve me condiciono por el clima y me entristezco de golpe. Tan cliché que me puedo caer pisando la cascara de una banana. Tan pero tan cliché, tan patética en realidad, que trabajo en el Ministerio de Trabajo. Me preguntan en dónde estás trabajando, y la frase "trabajo en el Ministerio de Trabajo" me parece redudante. Trabajo y punto. Soy un cliché. Lo soy tanto que duermo con bolsa de agua caliente, miro más de tres veces la misma película, tengo días y horarios estipulados para estudiar, para tener sexo, para dormir la siesta. Tan patética que escucho Glenn Miller y me vienen ganas de fumar. Tanto que me siento en la Segunda Guerra Mundial. Escribo pero no sueño, no tengo amigos. Escribo pero no me pagan. Trabajo en el Ministerio de Trabajo. Qué cliché.


domingo, 21 de septiembre de 2014

Ministerio

En mi trabajo en el Ministerio últimamente no conozco personas, conozco voces. Voces voces y más voces. Hablo con muchas personas pero todavía no conozco sus caras. Es extraño porque toda una relación laboral puede entablarse sin problemas sin verse las caras. Es como si todo transcurriera en un espacio indeterminado que no es la realidad. No me asusta pero me llama la atención. Para mí es bueno porque me desinhibo más y a veces puedo enojarme o decir algo con más facilidad que si estuviera frente a frente con la otra persona. Hay una desventaja y es que los nombres y las voces se empiezan a confundir cuando no se corresponden con una cara familiar, siempre depende de la memoria de cada uno. También escribo muchos correos y mando cartas. En un sistema con contraseña escribo los números de documento de personas que no conozco para que empiecen a cobrar planes sociales. No es para que se queden en la casa porque tienen que ir cuatro horas por día a trabajar o hacer un curso de formación. Me molesta que digan cosas sobre mi trabajo sin saber. A veces llevo libros y leo en vez de trabajar. Hago mis tareas de inglés o analizo oraciones en Griego. Generalmente me pido una vianda vegetariana al mediodía y después me voy y me olvido de todas las voces, las caras, los correos. Otras veces me voy preocupada por todas las personas que me llaman con problemas que no voy a poder solucionar nunca. A veces me llaman personas que perdieron 2 mil o 3mil pesos (otras veces menos) por problemas burocráticos del estado, cosas que se hicieron mal en la computadora, los famosos "errores del sistema". Pero no están enojados ni me maltratan sino todo lo contrario. Me hablan y me agradecen como si en vez de decirles que nunca van a recuperar ese dinero les estuviera diciendo que lo van a multiplicar cinco veces. Siempre escribí lo que me pasaba en el trabajo y es porque yo soy de esas personas que se preocupan demasiado, que les importa el trabajo pero no por ser buena sino ser útil y a los cincuenta años después de tanto stres se mueren de un paro cardíaco en el corazón que tanto amor sintió por los demás. 

domingo, 7 de septiembre de 2014

Cumpleaños

Quiero que ya sea mi cumpleaños. No quiero cumplir más años, estoy bien con los que tengo, pero me gusta saber que por un día todos van a quererme, a perdonarme y tratarme bien. A quién no le gusta que le cocinen, le manden saludos y llamen por teléfono, le hagan regalos, al menos a mi sí me gusta. Una vez vi un corto de una nena que fingía enfermarse para que la familia la quisiera y le regalaran cosas y trataran bien. Ella se terminaba enfermando de verdad. Pero me siento un poco así. Con ganas de que me quieran todos. Por un día se justifica no estudiar, limpiar la casa, dormirse tarde y comer en exceso. Mi cumpleaños además dura varios días porque comparto diferentes días con las diferentes partes de mi familia. Un día con mi mamá, un día con mi papá, un día con mi padrastro. Sí, mi mamá se separó dos veces. Recibo más regalos, como más comida. Cuando cumplí diez hice un cumpleaños con mi papá y no invité a mi mamá. Desde entonces todos mis cumpleaños fueron problemáticos porque no sabía con quién pasarlo o lo que era peor, si ellos iban a poder soportar verse.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Cosas que te pasan si estás vivo

Ayer hice un pre examen para que la teacher Yemina me diga si estoy o no estoy ready para rendir un examen internacional carísimo de inglés. Me dijo you have a great level, pero el examen tiene muchos trucos y se rinde en minutos acotados. La historia de mi vida es rendir exámenes, pensé. Cómo no voy a poder. Yo. Que llevo más de media vida rindiendo exámenes. La primaria la hice en un colegio religioso exigente en el que nos obligaban a rezar, a saber de teología y nos hacían un dictado por día con palabras tramposas que teníamos que escribir sin faltas de ortografía. Cada palabra valía un punto. Terminé la secundaria en un colegio con orientación en Economía y Gestión de las organizaciones. Nunca entendí qué organizaciones pero aunque no me gustaba me convertí en la mejor estudiante de mi año. Incluso recibí una medalla y un diploma. Los últimos tres años del secundario competí en olimpiadas distintas: economía, matemática, contabilidad y teoría de las organizaciones. Tampoco entendía bien de qué organizaciones se trataba pero salí segunda dos veces, una tercera y otra cuarta.  Igual me dediqué a las Letras. Apenas terminé el colegio entré a la facultad. Éste es el sexto año que curso materias y rindo finales. No hice otra cosa de mi vida. No me tomé un año sabático, no me fui de molichera a recorrer el mundo, no tuve depresión ni incertidumbre. Estudié. A veces más a veces menos, a veces poco, a veces mucho, a veces me iba "muy bien", otras sólo "bien". Y ahora tengo cuatro meses para preparar  my test of english. Y me doy cuenta que quizás sólo nací para eso: estudiar-rendir-estudiar-rendir. Y después de éste examen vendrá otro y otro y otro y otro. Y la teacher me mira con cara de you are not going to make it y yo pienso que no sabe con quien está hablando. 
Ayer soñé que iba a rendir Griego y cuando empezaba a hablar y exponía mi tema sobre Antígona y el derecho de familia y Estado me decían que eso no tenía nada que ver con la literatura. Yo gritaba I can explain it y muchas personas empezaban a gritar también y no podía hablar. Me iba llorando porque entendía que había desaprobado. Y nunca desaprobé. Pero después me enteraba que me habían puesto ausente en la mesa de examen. Afuera de la facultad era el fin del mundo. Venía una ola gigante que tapaba todo y nadie iba a poder sobrevivir. Ese pensamiento me atormenta muchas veces porque si de verdad el mundo se terminara hoy o mañana, yo habría pasado toda mi vida, triste, estudiando y eso no es motivo para recordar a nadie.