¿Estuve tomando siempre decisiones con mi cabeza? Renata dice que hay que escribir porque pueden robarnos el cerebro. En ese caso, no podría hacer absolutamente nada, creo. No sólo porque ahora trabajo de vender mis pensamientos al Estado sino porque pocas veces (y con poco éxito) me guiaron la intuición, los sentimientos, la emoción. Y eso que me crié en una cultura que privilegia bastante los sentimientos, dejarse llevar, fluir, soltar... Mis pensamientos son una voz que no se apaga nunca. Probé de todo. Diferentes deportes, sexo intenso, drogas, pastillas para dormir. No se van. Mi computadora es un desprendimiento de mi cabeza. Tal vez llegue un momento en que nos roben partes del cerebro o información que ahí guardamos. Me deja bastante intranquila este planteo de mi amiga, que no me importa cuán base científica o fáctica tenga, siempre me apasionó la ciencia ficción. Mi mejor manera de sentir o ser feliz (si es que son lo mismo) es con la mente. Actividades favoritas: leer, hablar durante las películas, hablar de temas variados, tomar clases de temas variados, escribir, dormir (siempre recuerdo mis sueños), recordar qué soñé, anotarlo, contárselo a alguien, escuchar sus sueños o pesadillas. Nunca me arrebato, soy cautelosa, edifico lentamente y de a partes, en silencio, no me gustan los exabruptos ni las sorpresas. Mi problema es el control. Perderlo es como tener la computadora tildada, que se salga el volante de la bicicleta, quedarme encerrada en un ascensor. Mi corazón se lo regalo al primero que pase. Ni siquiera me gusta la palabra 'corazón' o 'sentimientos' (la palabra 'alma' es peor). Ni siquiera estoy convencida de que sean diferentes puertas como en la imagen robada de internet. Ahora que lo busco en Google hay animales sin corazón y hay animales sin cerebro. El tema es la sangre. El sistema nervioso. Tal vez me toque de por vida estar parada ahí en el medio buscando la mejor forma de convivir con el resto, para no racionalizar todo, para ser un poco yo, no enojarme frente a frases como "sos muy racional", "deberías agotar tu cuerpo así descansa mejor", "pensás demasiado". Una vez me acuerdo en una sobremesa con amigos de mi novio y sus parejas que me preguntaron qué me parecía la compra de animales de raza, habiendo tantas mascotas abandonas en la calle y respondí que no sentía nada. Nada de nada. La novia de uno de los chicos que era estudiante de psicología o algo así quiso analizar mi frase y deducir de ella que yo no sentía directamente nada, que qué curiosa elección de palabras. A veces digo cosas por el estilo... porque me gusta pelear. Mi mamá me había apodado "Contrera". Contra todo, contra mí misma.
domingo, 8 de abril de 2018
miércoles, 21 de marzo de 2018
A veces tengo ganas de bardear
A veces tengo ganas de bardear a los demás, escribir un estado de facebook donde diga todo lo que me molesta de las personas, pero creo que su percepción sobre mí cambiaría mucho y me arrepentiría por siempre porque después de todo, nadie quiere que lo odien o lo rechacen. Diría que me parece excesivo que compartir la vida en redes sociales o directamente borraría a varixs porque me agota ver fotos de caras todo el día. A otrxs les sugeriría que estudien o hagan algo importante, trascendente, no estar diciendole a los seguidores qué comieron o qué cocinaron. Basta de platos de comida. Y lo peor de todo es que está lleno de fingidores. Yo también soy una fingidora. Fingimos ser amantes de cosas que no existen en nuestros universos, ni siquiera en fragmentos, o fingimos ser solidarios y honestos, fingimos ser políticamente correctos. Otros nos hacemos los artistas, pero bueno... Esos siempre existieron. Están los que se obsesionan con algo y le dan y le dan y le dan: con los perros de la calle, la política, el nuevo deporte que están practicando. Están los Che Guevara de escritorio. No sé quién de todxs me molesta más. En el fondo, este resentimiento manifiesta lo peor de mí: un miedo incontrolable por terminar siendo irrelevante en esa marea informativa o, lo que sería todavía más grave, fatalmente igual al resto.
sábado, 17 de marzo de 2018
Guarulhos
nuestra relación
podría tener la forma de este aeropuerto
podría tener la forma de este aeropuerto
gigante
Guarulhos a las diez de la noche
sus recovecos
y escaleras larguísimas que no te
llevan
a ningún lado
nunca creíste que ibas a festejar
tanto
el paso del tiempo
o hablar con la gente en otro idioma
uno que creías que ibas a entender
por la cercanía con el tuyo
hay palabras que se escriben
exactamente igual
sobremesa
para ellos significa postre
y para mí
quedarse hablando de cualquier tema
hasta cualquier hora
mientras una mujer cansada lava los
platos
mientras piensa que a las once de la
mañana
en la isla
el clima va a estar despejado
martes, 13 de marzo de 2018
domingo, 11 de febrero de 2018
La nostalgia ya fue
Hace unas semanas entraron a robar en mi casa y se llevaron (entre otras pocas cosas) mi computadora. Tenía en un pen drive algunos artículos y capítulos de mi tesis por los que, en efecto, no tuve que lamentarme. Pero perdí un registro fotográfico bastante extenso que no había copiado ni transportado a ningún otro lado y con él, una tentación en la que suelo caer seguido: la nostalgia. ¿Por qué hice copia de la tesis y de unos textos académicos aburridos que solo me garantizan, en el mejor de los casos, éxito y dinero, y no de mis fotos, las fotos de mis amigas, de mi novio, mi familia entera, el mejor y más contundente manifiesto del amor que hubo y hay en mi vida? Mis fotos... donde puedo ver cómo era y compararme, recordar personas que ya no están como mi abuela o mis mascotas. Tardes enteras de días como este, sentada frente a la computadora mirándonos, nuestros viajes, dándonos besos y haciendo selfies de nuestro amor. ¿Ahora qué hago? ¿Cómo reconstruyo visualmente ese amor originario que nos teníamos, que gracias a ese ejercicio que prueba su existencia sigo, en parte, con vos? Los ladrones nos sacan las pertenencias, los objetos materiales, pero es inevitable (y me sorprende cómo no lo sabía antes) que con ellos no se arrastre también nuestra experiencia. ¿Tengo que dejar ir al pasado y empezar a fotografiar lo que viene? Y entonces, ¿qué viene? El futuro. Siempre viene el futuro. Aunque no sepa qué mierda significa eso, ya era hora de abandonar la nostalgia.
sábado, 10 de febrero de 2018
si te rompés los dientes
dicen que
los dientes representan la confianza en uno mismo y que
si soñás que
perdés los dientes significa inseguridad o autoestima baja
pero qué
pasa si te rompés las dos paletas en la vida real
sobre eso
nadie me advirtió, ¡cuidá tu dentadura!
ni las publicidades ni los libros lo decían
entonces me tiré con mi bicicleta nueva, tres veces más grande
que mi cuerpo
por una rampa que no parecía peligrosa (como todo lo verdaderamente peligroso)
me tambaleé un poco, dí un par de giros
desconociendo mis propios movimientos
igualita a un títere que alguien mueve desde más arriba
aplasté mis brazos y mis piernas contra el asfalto
y me convertí en un ser miedoso y dependiente
que no puede hacer nada por su cuenta, que necesita siempre la aprobación
ajena
y se victimiza cuando quiere afecto o pedir un favor
por suerte el accidente justifica mi comportamiento
martes, 6 de febrero de 2018
Traducción libre de "I get ideas"
I get ideas / Me hago la cabeza
Cuando bailamos
y estás peligrosamente cerca mío
me hago hago la cabeza
me hago la cabeza
siento ganas de tenerte más cerca
de lo que me animo
me dan ganas de sermonearte
me importás más de lo que imagino
y cuando me tocás
y hay fuego en cada dedo de tu mano
me hago la cabeza
sí, me hago la cabeza
nos damos un beso de despedida
pero no te vas
me parece que vos también
te haces la cabeza conmigo
Parece que tus ojos hablan por vos
dicen las cosas que nunca me vas a decir
(¿nunca?)
ojalá me digan que vos
también me querés
eso es todo lo que tengo en la cabeza
una idea hermosa
que te quiero y ya
Cuando bailamos
y estás peligrosamente cerca mío
me hago hago la cabeza
me hago la cabeza
siento ganas de tenerte más cerca
de lo que me animo
me dan ganas de sermonearte
me importás más de lo que imagino
y cuando me tocás
y hay fuego en cada dedo de tu mano
me hago la cabeza
sí, me hago la cabeza
nos damos un beso de despedida
pero no te vas
me parece que vos también
te haces la cabeza conmigo
Parece que tus ojos hablan por vos
dicen las cosas que nunca me vas a decir
(¿nunca?)
ojalá me digan que vos
también me querés
eso es todo lo que tengo en la cabeza
una idea hermosa
que te quiero y ya
domingo, 4 de febrero de 2018
Remedios caseros para curar la paranoia
infusión
con sabor a árboles
rallar
nueve limones y comer tres ajos
antes
de irse a dormir
(la
foto de la mujer con pelo oscuro larguísimo
y
mordiéndose los nudillos, no me ayuda)
espárragos
secos, miel tibia
vinagre
de manzana
una
lamparita con forma de pájaro
que
las madres ponen en las habitaciones de sus bebés
nada
de cigarrillos ni de alcohol
cortinas
en la ventana
invisibilidad,
dicen que esa es la clave
no
dirigirme a mis emociones
(o
patologías o enfermedades mentales)
como
si fuesen personas
no
más teorías conspirativas sobre el origen de la luna
ninguna
visión acerca del futuro
y
menos que menos del pasado
no
más conversaciones telefónicas de dos horas y media
ni
preguntarte si crees en el amor
para
toda la vida
¿qué
hago?, ¿la magia negra funcionará?
Paranoia
es un nombre femenino
ya
sé, debería inventarle una biografía
domingo, 19 de noviembre de 2017
A veces pienso cuando voy a Buenos Aires que me encantaría ser
la típica mujer porteña exitosa moderna que tiene el típico novio porteño
exitoso moderno y tener un departamento estilo revista Para Ti decoración en
algún barrio moderno como nosotros, donde toda la gente es famosa y divina y
trabajar de directora de cine o diseñadora de ropa usar anteojos grandes y ser vegana
open mind y free love new age y todo eso. Pero estoy casi segura que no podría
salir de mi reducto que vaya donde vaya voy a sentirme extranjera si no hay un
puerto con lobos marinos y olor a podrido, que tengo la sal del mar adherida al
pelo y en la cara para siempre.
sábado, 18 de noviembre de 2017
Cuentos incompletos
Otro proyecto. Tengo la computadora llena de cuentos que nunca terminé de escribir. Algunos ni siquiera tienen título. Podría hacer un libro con todos ellos (antes de perderlos para siempre después de un robo o una parálisis de mi compu) y prescindir del cierre de cada uno, que, claro, nunca voy a escribir. Libre albedrío de los lectores. Programa barthesiano y todo eso. Pereza de la autora. Necesidad de hacer algo creativo pronto o por lo menos que no implique trabajo y obligaciones. Anti alienación. Lo incompleto. Espacio en blanco para que cada uno haga lo que quiera (si es que todavía podemos hacer algo que queremos). Boludeces postestructuralistas. Pagarle a alguien para que los termine de escribir. O morir y dejar un misterio: el de los cuentos bastardos y sin final.
lunes, 13 de noviembre de 2017
Soñé un libro
Soñé que daba vida a un escritor que no existía y que inventaba una obra para ganar una beca de Conicet. En un primer momento me pareció genial la idea de engañar a los demás y ser investigadora de una obra que se moldea de acuerdo a lo que se me ocurre a mí leer o encontrar. Como una investigación policial pero al revés: el detective,por mera afición o porque es un fracasado y tiene tiempo para perder, inventa un misterio y lo resuelve. Demasiado borgeano (¿qué sueños no son borgeanos?). También me recuerda a una película de Woody Allen donde un aspirante a escritor le roba la obra al amigo y a "El artista" de Cohn Duprat. El enfermero que hace pintar al viejo. Como no me animo a hacer esas cosas en la vida real (me descubrirían o no pasaría nada) me decidí a escribirlo como ficción. Pero no quiero escribir la historia de un hombre desdoblado o del típico falsificador sino la de alguien que mientras hace algo (inventar una obra, la suya pero que necesariamente tiene que ser de otro) para conseguir lo que cree como su principal deseo (ser investigador o becario, profesor universitario) descubre en lo otro (lo que serviría supuestamente como "medium") su verdadera pasión y un talento. Es un tema trillado, lo sé desde el principio, pero puede terminar siendo lateral en una novela o la excusa, y siempre, siempre, lo que se impone es la escritura no el argumento.
domingo, 29 de octubre de 2017
Mesa de trabajo
Hace algunos años cuando pensaba en hacer una
tesis o emprender una investigación sobre algún tema que fuese de mi interés,
la idea de dedicarse exclusivamente a un escritor solo se me aparecía como
aburrida, insulsa. Ya no me acuerdo cómo llegue a la obra de
Roberto Santoro pero fue mientras daba mis primeros pasos en la carrera de
Letras, no hace mucho. Desde entonces no pude dejar de preguntar a quienes me
rodeaban, compañeros y docentes, si lo conocían o lo habían leído, y no porque
pensara que se trataba de un descubrimiento propio sino por la curiosidad que
todavía siento cuando leo por primera vez a alguien, sea quien sea. A la
mayoría su nombre les resultaba familiar pero muy pocos, poquísimos, habían
tenido acceso a sus textos. Entonces empecé a preguntarme por qué Santoro no
estaba incluido en los programas de Literatura Argentina o por qué no lo había
leído antes, en la secundaria; qué fuerzas extrañas hacían que leyéramos
determinadas obras e ignorásemos otras. Esas preguntas fueron cambiando a lo
largo de los años, abandonando la ingenuidad con que fueron hechas en un
principio y adoptando, en el mejor de los casos, cierto rigor crítico. Más
tarde, pude preguntarle a docentes de otras universidades, a críticos e
investigadores si conocían estudios sobre su obra. Todas las personas con
las que hablaba me decían lo mismo: "Santoro tiene que estar". Pienso
que sí. Pero no para convertirlo en un monumento o en un panfleto, tampoco
para canonizarlo. No bajo la forma de la nostalgia y menos, la de la lástima.
No porque a alguien (a mí en este caso, que no soy nadie, por suerte) se le
ocurra, porque sí, que tiene que estar. Santoro tiene que estar porque
incomoda, porque su obra no se negocia, es audaz; porque se escapa y vuela solo
como el barrilete. Y entonces intenté emprender esa tarea, a veces con más
éxito y otras, sin. Leí toda su obra (prolífica, heterogénea, contemporánea) y
me reí y escribí sus versos en rincones de mi casa, los recité en la escuela,
en donde se presentaba la oportunidad. Me metí en librerías viejas buscando sus
libros, en muestras de fotos, museos, pasé por su Escuela (donde trabajaba y
donde se lo llevaron) y hablé con un montón de personas que están en este
camino de socializar su obra. Sé que es solamente el inicio, que
recién empieza y que no sé a dónde me va a llevar. Tampoco sé si estas
decisiones son importantes o son meros accidentes profesionales que con el
tiempo se convierten en historias de juventud. Paralelamente a la escritura de
la tesis estoy escribiendo esto: algunas notas sobre el lado b de la tesis, la
búsqueda real y genuina (casi detectivesca) de la poética de un escritor que está
como saliendo a flote. A veces también me pregunto para qué hago esto. Por qué
tiene que estar y en todo caso, dónde. Si la academia no será una especie de
trituradora de obras al mejor estilo The Wall. Entonces pienso en dejarlo en
paz, así como está, en la estantería de la biblioteca o en la mesa de luz. Y
no, che, no se puede.
lunes, 9 de octubre de 2017
Reconocimiento
Me despierto no sé a qué hora, en la que parece ser mi cama y no entiendo en dónde estoy. Creo que voy a ahogarme con mi propia saliva pero eso no pasa (nunca pasa). Me incorporo en la cama y miro al ventanal gigante que está pegado a mí, un poco más arriba, sin cortinas. Como esperando una respuesta. Hace poco estuve en Valparaíso y llegué a la conclusión de que las personas que viven cerca del puerto tienen mayor tendencia a la nostalgia y a la tristeza. Porque todas esas historias de exilio, idas y venidas, despedidas y extrañarse están siempre ahí, en el aire, en las cosas. Entonces uno mira al mar como mirando al otro lado, hablando con los que no están, pensando en su hogar, en lo que quedó lejos. No me pongo nada en los pies y salgo al balcón aunque hace frío. Sigo mirando como si el mar estuviera enfrente pero son todos edificios y luces. No quiero volver a la casa que tenía, no quiero construir una nueva. Abajo se pelean los borrachos, se revolean botellas y pegan gritos. Suenan alarmas de autos. Los barrenderos revisan la basura y limpian las veredas y las calles. Yo los miro desde mi semipiso cinco estrellas, mi palacio gris concreto, creyendo que estoy cerca de conseguir todo lo que siempre quise. También fumo y aprovecho a regar las plantas. Para qué otra cosa son los balcones sino es para fumar y acumular plantas de todo tipo. Los veo pasar y creo que tienen frío, refrescó de golpe, injustamente porque la noche prometía. Se ríen, parecen felices. ¿Serán? Busco mi libreta para anotar esto, con forma de pensamiento trasnochado, desvelo... preguntarme una vez más si soy feliz acá.
lunes, 2 de octubre de 2017
Antes de que termine el año:
Lecturas pendientes. César Pavese y Onetti (Piglia). Jorge Amado (viaje a su tierra, en breve). Selección de Marx (seminario). Narrativa actual (lo que sea, acepto sugerencias); nunca hay que perder actualidad en la literatura.
Una ponencia y un artículo todavía inconclusos.
Completar la huerta con más plantas.
Redacción del proyecto de doctorado, como un mensaje en el desierto o una botella en el mar. No se sabe para qué o para quién pero se mandan. Lo mismo con terminar la tesis.
Corregir algunos cuentos que sin pena ni gloria descansan en mi computadora esperando un final o un cierre (aunque sea en la papelera de reciclaje).
Sacar pasajes para febrero. Encauzar el trabajo hacia objetivos concretos fue bastante productivo este último tiempo. La peor etapa del año es esta, la última. Como tener ganas de hacer pis y estar cerca del inodoro. Algo así. La motivación de un viaje es el mejor energizante para hacer todo lo que tengo que hacer. Mi meta final y más importante: no tener deudas de ningún tipo.
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