Hace unas semanas entraron a robar en mi casa y se llevaron (entre otras pocas cosas) mi computadora. Tenía en un pen drive algunos artículos y capítulos de mi tesis por los que, en efecto, no tuve que lamentarme. Pero perdí un registro fotográfico bastante extenso que no había copiado ni transportado a ningún otro lado y con él, una tentación en la que suelo caer seguido: la nostalgia. ¿Por qué hice copia de la tesis y de unos textos académicos aburridos que solo me garantizan, en el mejor de los casos, éxito y dinero, y no de mis fotos, las fotos de mis amigas, de mi novio, mi familia entera, el mejor y más contundente manifiesto del amor que hubo y hay en mi vida? Mis fotos... donde puedo ver cómo era y compararme, recordar personas que ya no están como mi abuela o mis mascotas. Tardes enteras de días como este, sentada frente a la computadora mirándonos, nuestros viajes, dándonos besos y haciendo selfies de nuestro amor. ¿Ahora qué hago? ¿Cómo reconstruyo visualmente ese amor originario que nos teníamos, que gracias a ese ejercicio que prueba su existencia sigo, en parte, con vos? Los ladrones nos sacan las pertenencias, los objetos materiales, pero es inevitable (y me sorprende cómo no lo sabía antes) que con ellos no se arrastre también nuestra experiencia. ¿Tengo que dejar ir al pasado y empezar a fotografiar lo que viene? Y entonces, ¿qué viene? El futuro. Siempre viene el futuro. Aunque no sepa qué mierda significa eso, ya era hora de abandonar la nostalgia.
domingo, 11 de febrero de 2018
sábado, 10 de febrero de 2018
si te rompés los dientes
dicen que
los dientes representan la confianza en uno mismo y que
si soñás que
perdés los dientes significa inseguridad o autoestima baja
pero qué
pasa si te rompés las dos paletas en la vida real
sobre eso
nadie me advirtió, ¡cuidá tu dentadura!
ni las publicidades ni los libros lo decían
entonces me tiré con mi bicicleta nueva, tres veces más grande
que mi cuerpo
por una rampa que no parecía peligrosa (como todo lo verdaderamente peligroso)
me tambaleé un poco, dí un par de giros
desconociendo mis propios movimientos
igualita a un títere que alguien mueve desde más arriba
aplasté mis brazos y mis piernas contra el asfalto
y me convertí en un ser miedoso y dependiente
que no puede hacer nada por su cuenta, que necesita siempre la aprobación
ajena
y se victimiza cuando quiere afecto o pedir un favor
por suerte el accidente justifica mi comportamiento
martes, 6 de febrero de 2018
Traducción libre de "I get ideas"
I get ideas / Me hago la cabeza
Cuando bailamos
y estás peligrosamente cerca mío
me hago hago la cabeza
me hago la cabeza
siento ganas de tenerte más cerca
de lo que me animo
me dan ganas de sermonearte
me importás más de lo que imagino
y cuando me tocás
y hay fuego en cada dedo de tu mano
me hago la cabeza
sí, me hago la cabeza
nos damos un beso de despedida
pero no te vas
me parece que vos también
te haces la cabeza conmigo
Parece que tus ojos hablan por vos
dicen las cosas que nunca me vas a decir
(¿nunca?)
ojalá me digan que vos
también me querés
eso es todo lo que tengo en la cabeza
una idea hermosa
que te quiero y ya
Cuando bailamos
y estás peligrosamente cerca mío
me hago hago la cabeza
me hago la cabeza
siento ganas de tenerte más cerca
de lo que me animo
me dan ganas de sermonearte
me importás más de lo que imagino
y cuando me tocás
y hay fuego en cada dedo de tu mano
me hago la cabeza
sí, me hago la cabeza
nos damos un beso de despedida
pero no te vas
me parece que vos también
te haces la cabeza conmigo
Parece que tus ojos hablan por vos
dicen las cosas que nunca me vas a decir
(¿nunca?)
ojalá me digan que vos
también me querés
eso es todo lo que tengo en la cabeza
una idea hermosa
que te quiero y ya
domingo, 4 de febrero de 2018
Remedios caseros para curar la paranoia
infusión
con sabor a árboles
rallar
nueve limones y comer tres ajos
antes
de irse a dormir
(la
foto de la mujer con pelo oscuro larguísimo
y
mordiéndose los nudillos, no me ayuda)
espárragos
secos, miel tibia
vinagre
de manzana
una
lamparita con forma de pájaro
que
las madres ponen en las habitaciones de sus bebés
nada
de cigarrillos ni de alcohol
cortinas
en la ventana
invisibilidad,
dicen que esa es la clave
no
dirigirme a mis emociones
(o
patologías o enfermedades mentales)
como
si fuesen personas
no
más teorías conspirativas sobre el origen de la luna
ninguna
visión acerca del futuro
y
menos que menos del pasado
no
más conversaciones telefónicas de dos horas y media
ni
preguntarte si crees en el amor
para
toda la vida
¿qué
hago?, ¿la magia negra funcionará?
Paranoia
es un nombre femenino
ya
sé, debería inventarle una biografía
domingo, 19 de noviembre de 2017
A veces pienso cuando voy a Buenos Aires que me encantaría ser
la típica mujer porteña exitosa moderna que tiene el típico novio porteño
exitoso moderno y tener un departamento estilo revista Para Ti decoración en
algún barrio moderno como nosotros, donde toda la gente es famosa y divina y
trabajar de directora de cine o diseñadora de ropa usar anteojos grandes y ser vegana
open mind y free love new age y todo eso. Pero estoy casi segura que no podría
salir de mi reducto que vaya donde vaya voy a sentirme extranjera si no hay un
puerto con lobos marinos y olor a podrido, que tengo la sal del mar adherida al
pelo y en la cara para siempre.
sábado, 18 de noviembre de 2017
Cuentos incompletos
Otro proyecto. Tengo la computadora llena de cuentos que nunca terminé de escribir. Algunos ni siquiera tienen título. Podría hacer un libro con todos ellos (antes de perderlos para siempre después de un robo o una parálisis de mi compu) y prescindir del cierre de cada uno, que, claro, nunca voy a escribir. Libre albedrío de los lectores. Programa barthesiano y todo eso. Pereza de la autora. Necesidad de hacer algo creativo pronto o por lo menos que no implique trabajo y obligaciones. Anti alienación. Lo incompleto. Espacio en blanco para que cada uno haga lo que quiera (si es que todavía podemos hacer algo que queremos). Boludeces postestructuralistas. Pagarle a alguien para que los termine de escribir. O morir y dejar un misterio: el de los cuentos bastardos y sin final.
lunes, 13 de noviembre de 2017
Soñé un libro
Soñé que daba vida a un escritor que no existía y que inventaba una obra para ganar una beca de Conicet. En un primer momento me pareció genial la idea de engañar a los demás y ser investigadora de una obra que se moldea de acuerdo a lo que se me ocurre a mí leer o encontrar. Como una investigación policial pero al revés: el detective,por mera afición o porque es un fracasado y tiene tiempo para perder, inventa un misterio y lo resuelve. Demasiado borgeano (¿qué sueños no son borgeanos?). También me recuerda a una película de Woody Allen donde un aspirante a escritor le roba la obra al amigo y a "El artista" de Cohn Duprat. El enfermero que hace pintar al viejo. Como no me animo a hacer esas cosas en la vida real (me descubrirían o no pasaría nada) me decidí a escribirlo como ficción. Pero no quiero escribir la historia de un hombre desdoblado o del típico falsificador sino la de alguien que mientras hace algo (inventar una obra, la suya pero que necesariamente tiene que ser de otro) para conseguir lo que cree como su principal deseo (ser investigador o becario, profesor universitario) descubre en lo otro (lo que serviría supuestamente como "medium") su verdadera pasión y un talento. Es un tema trillado, lo sé desde el principio, pero puede terminar siendo lateral en una novela o la excusa, y siempre, siempre, lo que se impone es la escritura no el argumento.
domingo, 29 de octubre de 2017
Mesa de trabajo
Hace algunos años cuando pensaba en hacer una
tesis o emprender una investigación sobre algún tema que fuese de mi interés,
la idea de dedicarse exclusivamente a un escritor solo se me aparecía como
aburrida, insulsa. Ya no me acuerdo cómo llegue a la obra de
Roberto Santoro pero fue mientras daba mis primeros pasos en la carrera de
Letras, no hace mucho. Desde entonces no pude dejar de preguntar a quienes me
rodeaban, compañeros y docentes, si lo conocían o lo habían leído, y no porque
pensara que se trataba de un descubrimiento propio sino por la curiosidad que
todavía siento cuando leo por primera vez a alguien, sea quien sea. A la
mayoría su nombre les resultaba familiar pero muy pocos, poquísimos, habían
tenido acceso a sus textos. Entonces empecé a preguntarme por qué Santoro no
estaba incluido en los programas de Literatura Argentina o por qué no lo había
leído antes, en la secundaria; qué fuerzas extrañas hacían que leyéramos
determinadas obras e ignorásemos otras. Esas preguntas fueron cambiando a lo
largo de los años, abandonando la ingenuidad con que fueron hechas en un
principio y adoptando, en el mejor de los casos, cierto rigor crítico. Más
tarde, pude preguntarle a docentes de otras universidades, a críticos e
investigadores si conocían estudios sobre su obra. Todas las personas con
las que hablaba me decían lo mismo: "Santoro tiene que estar". Pienso
que sí. Pero no para convertirlo en un monumento o en un panfleto, tampoco
para canonizarlo. No bajo la forma de la nostalgia y menos, la de la lástima.
No porque a alguien (a mí en este caso, que no soy nadie, por suerte) se le
ocurra, porque sí, que tiene que estar. Santoro tiene que estar porque
incomoda, porque su obra no se negocia, es audaz; porque se escapa y vuela solo
como el barrilete. Y entonces intenté emprender esa tarea, a veces con más
éxito y otras, sin. Leí toda su obra (prolífica, heterogénea, contemporánea) y
me reí y escribí sus versos en rincones de mi casa, los recité en la escuela,
en donde se presentaba la oportunidad. Me metí en librerías viejas buscando sus
libros, en muestras de fotos, museos, pasé por su Escuela (donde trabajaba y
donde se lo llevaron) y hablé con un montón de personas que están en este
camino de socializar su obra. Sé que es solamente el inicio, que
recién empieza y que no sé a dónde me va a llevar. Tampoco sé si estas
decisiones son importantes o son meros accidentes profesionales que con el
tiempo se convierten en historias de juventud. Paralelamente a la escritura de
la tesis estoy escribiendo esto: algunas notas sobre el lado b de la tesis, la
búsqueda real y genuina (casi detectivesca) de la poética de un escritor que está
como saliendo a flote. A veces también me pregunto para qué hago esto. Por qué
tiene que estar y en todo caso, dónde. Si la academia no será una especie de
trituradora de obras al mejor estilo The Wall. Entonces pienso en dejarlo en
paz, así como está, en la estantería de la biblioteca o en la mesa de luz. Y
no, che, no se puede.
lunes, 9 de octubre de 2017
Reconocimiento
Me despierto no sé a qué hora, en la que parece ser mi cama y no entiendo en dónde estoy. Creo que voy a ahogarme con mi propia saliva pero eso no pasa (nunca pasa). Me incorporo en la cama y miro al ventanal gigante que está pegado a mí, un poco más arriba, sin cortinas. Como esperando una respuesta. Hace poco estuve en Valparaíso y llegué a la conclusión de que las personas que viven cerca del puerto tienen mayor tendencia a la nostalgia y a la tristeza. Porque todas esas historias de exilio, idas y venidas, despedidas y extrañarse están siempre ahí, en el aire, en las cosas. Entonces uno mira al mar como mirando al otro lado, hablando con los que no están, pensando en su hogar, en lo que quedó lejos. No me pongo nada en los pies y salgo al balcón aunque hace frío. Sigo mirando como si el mar estuviera enfrente pero son todos edificios y luces. No quiero volver a la casa que tenía, no quiero construir una nueva. Abajo se pelean los borrachos, se revolean botellas y pegan gritos. Suenan alarmas de autos. Los barrenderos revisan la basura y limpian las veredas y las calles. Yo los miro desde mi semipiso cinco estrellas, mi palacio gris concreto, creyendo que estoy cerca de conseguir todo lo que siempre quise. También fumo y aprovecho a regar las plantas. Para qué otra cosa son los balcones sino es para fumar y acumular plantas de todo tipo. Los veo pasar y creo que tienen frío, refrescó de golpe, injustamente porque la noche prometía. Se ríen, parecen felices. ¿Serán? Busco mi libreta para anotar esto, con forma de pensamiento trasnochado, desvelo... preguntarme una vez más si soy feliz acá.
lunes, 2 de octubre de 2017
Antes de que termine el año:
Lecturas pendientes. César Pavese y Onetti (Piglia). Jorge Amado (viaje a su tierra, en breve). Selección de Marx (seminario). Narrativa actual (lo que sea, acepto sugerencias); nunca hay que perder actualidad en la literatura.
Una ponencia y un artículo todavía inconclusos.
Completar la huerta con más plantas.
Redacción del proyecto de doctorado, como un mensaje en el desierto o una botella en el mar. No se sabe para qué o para quién pero se mandan. Lo mismo con terminar la tesis.
Corregir algunos cuentos que sin pena ni gloria descansan en mi computadora esperando un final o un cierre (aunque sea en la papelera de reciclaje).
Sacar pasajes para febrero. Encauzar el trabajo hacia objetivos concretos fue bastante productivo este último tiempo. La peor etapa del año es esta, la última. Como tener ganas de hacer pis y estar cerca del inodoro. Algo así. La motivación de un viaje es el mejor energizante para hacer todo lo que tengo que hacer. Mi meta final y más importante: no tener deudas de ningún tipo.
sábado, 30 de septiembre de 2017
Hostel
Los hostel dicen, la mayoría, ser no un hotel sino una familia. Estos días en Chile conocimos bastantes personajes que van circulando desde hace meses (años) de ciudad en ciudad. Al principio la vida del hostel era divertida: fiesta, música hasta tarde, ninguna explicación a nadie, el desayuno hecho y un alquiler baratísimo. Algunos hostel de verdad parecían una casa familiar, por su disposición o su decoración. Pero después de unos pocos días, me di cuenta de que todas las personas que ahí estaban tenían cosas en común y yo no podría ni aún obligada vivir así. Muchos eran voluntarios en el hostel; trabajaban a cambio de un lugar donde dormir. Uno había vendido el departamento que le había regalado su familia para viajar por el mundo durante dos años ininterrumpidos y sin trabajar. Por momentos sentía una suerte de admiración (si no era eso se le parecía bastante) por tratarse de decisiones que alguna vez había querido llevar adelante (o eso pensaba yo) y las había abandonado. Otros eran franceses que hacían su "viaje por Latinoamérica" después de graduarse de la universidad. Adolescentes que intentaban encontrarse a sí mismos después de la escuela secundaria o de jugar durante horas a la play station encerrados. Algunos hacía cuatro años que viajaban sin rumbo, trabajando en hostels, comiendo fideos o arroz, usando ropa de feria americana. Tuve muchas ganas de volver a mi casa, de tener mis cosas. Admito mis limitaciones: sin rumbo para mí es solamente una novela aburrida que leí para la facultad.
viernes, 29 de septiembre de 2017
El cuerpo no tiene lugar para todo
La semana pasada me fui a Chile y decidí que quería hacer muchas cosas, vivir en otros países, dejar de dar clases y ya no me acuerdo cuántas otras cosas más pensé.
El puerto de Valparaíso es algo nostalgioso, me recuerda al pasado, a Mar del Plata, a historias que ya viví. De repente, caminando por los cerros, entre gaviotas, mirando el agua, vi mi vida como en una retrospectiva y llegué a la conclusión de que este año cumplí (casi) todas mis metas. Me superé personalmente. Dejé de ser inútil y cómoda para mudarme de ciudad, trabajar como nunca y ahorrar. Perdí el miedo a las grandes ciudades. Me manejo casi sin ayuda en subtes, colectivos y calles porteñas. Sobreviví al maltrato de muchas personas (profesores, directivos, burócratas, familiares). Cocino cinco noches de siete. Abandoné el vicio de comprar ropa en exceso y que después no uso. Estoy a punto de terminar mi tesis y unos varios cuentos breves (aunque sin demasiada felicidad). Me sentí fuerte, afortunada. Completa. Con ganas de volver a seguir con mi super-nueva-vida-organizada.
Pero ya en el avión empecé a experimentar unas nauseas extrañas. No tenía ganas de vomitar, no eran las típicas arcadas en la garganta o el mareo. Era un vómito de angustia. Entonces tuve vértigo y cerré la ventanilla de un golpe. A mi alrededor los pasajeros dormían, discutían entre sí, leían un diario o la folletería de los asientos. Para qué miramos tantas películas de accidentes de avión y muertos y antropofagia. Después uno se pregunta por qué tanto miedo, si por la falta de costumbre o por esas malas películas o novelas. Lo segundo, como la vida misma, que al final ya sabemos todos cómo va a terminar. Y mi fortaleza empezó a derrumbarse, más bien a desintegrarse en la altura, entre las nubes, la perdí. Qué lástima que no haya lugar para ambas en mi cuerpo.
martes, 11 de julio de 2017
Los diarios de Emilio Renzi
Me atravesó (el punctum) la lectura de los Diarios de Emilio Renzi. Hace algunos meses, desde que terminé de estudiar, el único modo de lectura que puedo sostener es el "adictivo". Leer sin parar hasta terminar el libro, como si tuviera un plazo o vencimiento. Seguramente sea un acto reflejo después de tantas lecturas a las apuradas, con tiempos establecidos, ritmos ajenos. Lo leí así: sin parar. En el colectivo, en la cama antes de ir a dormir, mientras comía, hasta llegué a darle tarea a mis estudiantes de secundaria para que se mantuvieran ocupados y yo pudiera leer (siempre con un ojo levantado). Incluso quise dejar pasar el furor posterior a su muerte para leerlo sin nostalgia pero también sin sentir que tenía la obligación de hacerlo, porque hacía bastante que no leía un texto suyo. El libro habla de lo importante, de la literatura; la ficción. Los amigos, el amor, la vida, el lenguaje. No puedo sacarme de la mente la imagen de la apuesta por todo (la escritura), que describe Piglia. Sin embargo, es una de las pocas oraciones que no subrayé (el libro está marcado en un 75%). Ser escritor (la literatura) como una apuesta, una apuesta en una única mano. Me asombra todavía cómo relata la confianza y convicción de ser escritor, no como una fatalidad o un destino sino como modo de vida (en el sentido rilkeano, creo). Y también está el lector, que despliega ideas agudas y geniales sobre los textos que va leyendo. Desde que empecé a leerlo sentí que rápido y sin esfuerzo iba a convertirse en un libro de consulta permanente, de frases que sin duda voy a citar y a repetir. "¿Como se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor. No es una vocación, a quien se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece mas bien a una manía, un habito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro)."Intentando no caer en la cursilería o banalización al pedo voy a decir que pensé en mi (el acto egoísta de todo lector) muchas veces, mientras leía. El viaje de Mar del Plata a La Plata, las calles que ahora recorro, el deseo inexplicable de vivir en Buenos Aires, estudiar y después la docencia. El diario como novela, la vida novelizada, sin buscar en cada entrada la veracidad o comprobación de los hechos narrados. El diario como ficción, en el mejor de sus sentidos. Y en Piglia están los otros: Borges, Walsh, Conti, Viñas, los norteamericanos, Rulfo, García Márquez, Cortázar, Sábato. Tengo que confesar que sentí cierto de alivio de coincidir con Renzi (un espectro, una voz) en algunos de sus juicios literarios (sobre todo en cuanto a Cortázar y a Sábato). Le da una forma perfecta y simple a ideas que creo que todos alguna vez pudimos tener; no es un iluminado, no pretende ninguna verdad. Y también están todas las historias: la del que triunfa pero no su amigo (Mozart y Salieri,¿Kafka y Max Brod?), la de los enredos amorosos, las mujeres atormentadas, la bohemia porteña, el vagabundo y errante que vive en bares y pensiones, la primera lectura, la muerte del Che, el problema del dinero (Arlt), la izquierda argentina de los sesenta y setenta, la "fama" repentina. Creo que no me olvidé de nada.
La cocina de la escritura. Una metáfora que siempre me pareció genial. Las ideas de los cuentos, ideas sueltas, anécdotas que son potencialmente cuentos, historias que escuchó, bosquejos. Garabatos. Y los cuentos, porque hay cuentos y fragmentos de cuentos sueltos, dispersos en el diario. Pienso los diarios como una ciudad a la que uno puede llegar por diversas rutas. No importa la distancia o el camino en sí mismo, podemos elegir cualquier punta (dinero, amor, literatura, diario,vida, trabajo, amistad) y entrar.
La cocina de la escritura. Una metáfora que siempre me pareció genial. Las ideas de los cuentos, ideas sueltas, anécdotas que son potencialmente cuentos, historias que escuchó, bosquejos. Garabatos. Y los cuentos, porque hay cuentos y fragmentos de cuentos sueltos, dispersos en el diario. Pienso los diarios como una ciudad a la que uno puede llegar por diversas rutas. No importa la distancia o el camino en sí mismo, podemos elegir cualquier punta (dinero, amor, literatura, diario,vida, trabajo, amistad) y entrar.
sábado, 30 de julio de 2016
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